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Carta de su santidad Juan XXIII a los devotos aracelitanos con motivo de la celebración del IV Centenario de la llegada de la imagen de María Santísima de Araceli desde Roma a Lucena.
En las proximidades del Concilio Vaticano II la Virgen de Araceli, como otrora en los tiempos del Concilio de Trento, es portadora de mensaje de misericordia y ternura maternal, de pureza de alma y de renovación de costumbres. Ella muestra el camino seguro para seguir a Jesús con una conciencia delicada y recta, con una práctica religiosa constante y sincera y, como fruto de todo ello, con la observancia de la justicia y caridad en la aplicación de la doctrina social de la Iglesia. Que viváis, amadísimos Hijos, en toda su profundidad u extensión la realidad espiritual de estas conmemoraciones a fin de que vuestro homenaje a la Santísima Virgen le sea bien acepto. Tales son -estamos seguros de ello- vuestros deseos, pues tenéis bien presente al honrar a Maria que, como decía el Beato Juan de Ávila, "los que no gozan el fruto de su vientre, no viven con la vida que trajo, ni reciben el perdón ni su gracia, éstos no la alaban ni la aman, y si la aman no es de verdad, porque aquel que de verdad la ama, oye y guarda sus palabras." A la poderosa intercesión de "la Reina de esas Tierras" confiamos todas vuestras intenciones y necesidades, para que las presente ante nuestro Señor Jesucristo, mientras le pedimos que os bendiga con la bendición materna de la cual es prenda la Nuestra que de corazón otorgamos a Lucena, a su comarca y a toda la Diócesis de Córdoba.
El Vaticano, 17 de abril de 1962. Juan XXIII, Papa."
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