![]()
Los Lucentinos con Araceli
Y al pensar en la puerta del Cielo, mis ojos se vuelven hacia la embocadura de la capilla sacramental de este templo y me la imagino de mármoles magníficamente ensamblados por Juan Antonio del Pino Ascanio. Y en la Lucena celeste prometida ha de estar Antonio Mohedano de la Gutierra pintando arreboles en las nubes, y Francisco Hurtado y Leonardo Antonio de Castro levantando bóvedas de espejos y roleos para solaz de ángeles. Y allí nos esperan también Luis Barahona de Soto enjugando las lágrimas de Angélica y Francisco López "Parejito" dando capotazos a las estrellas. A lo lejos, entre unos cirros, galopa en su corcel José María, el bandido generoso, y la guitarra de Paco de Lucena nos hiere con su puñal de música ante el embeleso del "Niño de los Juncos".
Abu-l-Walid ben Hasday, Ibn Yanah e Isaac Ibn Chicatella siguen desgranando versos, pero ya no añoran Sión. Desde la Torre del Moral, el Alcaide de los Donceles divinos, Martín Fernández de Córdoba, observa a unos ángeles que alborotan en El Coso, mientras el maestro Isaac ibn Gayyat reclama en vano su atención. Pedro de Mena Gutiérrez y Muñoz de Toro se empeñan en modelar nubes a la antigua arruinándole una tarde, que se prometía divertida a Femando Ramírez de Luque. Y Juan Manuel de Aréjula, médico de la milicia celestial, departe con San Miguel sobre la buena salud de la tropa. Allí, en aquella Lucena celeste ha de alzarse sobre las nubes otro monte de Aras, donde -según el Romancero-
| La Raquel más bella, |
| la más preservada Ester, |
| la Jael cándida y tierna, |
| la más hermosa Judit; |
| aquella que la cabeza |
| supo pisar del dragón, |
| aquella pura azucena, |
| aquella radiante luna, |
| que jamás padeció mengua, |
| aquella hija de Adán |
| sin la original herencia, |
| aquella mujer sin mancha |
| de toda desgracia ajena. |
| La águila generosa, |
| que con virtudes se eleva |
| a la altura más sublime, |
| la ave de gracia llena, |
| la fuente más cristalina, |
| espejo donde se esmera |
| el mirarse el mismo Dios, |
| torre de alabastro hecha, |
| arco de paz que mitiga |
| la tempestad más severa, |
| palacio del Sacro Rey, |
| luz hermosa, que destierra |
| a brillos de su candor |
| del pecado las tinieblas, |
| la más cándida paloma, |
| la majestad más excelsa, |
| alba del eterno día |
| y más rutilante estrella, |
| tiene su asiento y morada |
| de los Ángeles la Reina, |
| María Madre de Dios, |
| y su advocación suprema |
| es de Ara Coeli, del cielo |
| la ara más verdadera. |
Y allí, en torno a Ella -así ha sido siempre y habrá de seguir siendo más allá de la muerte-, han de estar todos los lucentinos que se fueron. Ellos, que forjaron durante siglos la devoción a María Santísima de Araceli, ellos, que pusieron los cimientos de la fiesta esplendorosa que hemos pregonado en esta noche, han merecido ya el alborozo eterno de un domingo primero de mayo sin fin, en el que los arcángeles, querubines, principados, dominaciones, tronos, serafines, potestades, virtudes, mártires, vírgenes... los coros todos de la Gloria cantan por siempre las excelencias de María Santísima de Araceli.
Pronunciado por Don Ángel Aroca Lara.
![]()