De Don África Pedraza Medina
| "¡Saludos Lucena! |
| ¡Madre mía de Araceli! |
| norte y guía de Lucena, |
| fulgor de mil resplandores |
| en esa tu faz serena. |
| ¡Mira a tu pueblo, Señora! |
| que se ha hecho de oraciones |
| y ante tus plantas elevan |
| cantos, plegarias y amores. |
| Un día, la frente altiva, |
| y otro te pide perdón: |
| ¡es tu gente, Madre mía! |
| que no oculta devoción |
| en esta tierra bendita |
| donde el vino se hace sol. |
| Ayer te vi yo en el ara |
| cual hermosa aparición, |
| las candelas de los cirios |
| quemaron mi corazón, |
| y tu boca soberana |
| luz de mayo la inundó. |
| Virgen de Araceli, hermosa, |
| refugio del pecador |
| que sin querer ha faltado |
| y ahora... se arrepintió: |
| ¡dale tus manos de rosa |
| para llevarle hasta Dios! |
| Yo te pido, Soberana |
| de este pueblo azul cobalto |
| que nos alegres mañana |
| y nuestra oración sin llanto |
| sean las flores del manto |
| que lucen en procesión." |
De Don Juan Antonio Parejo Pineda
"Érase una vez, una tarde de Abril, de ocres que brillan entre
el granate de los prunos del Coso, la tibia brisa, baja ferviente y serrana,
humedecida en los mirtos del arroyo Maquedano.
| Mi voz se fue desgranando |
| en el olivar de plata, |
| y el sendero de la Sierra, |
| se hizo jazmín y amapola |
| derretidas las escarchas, |
| en la fragua de Lucena. |
| Donde se quema el amor, |
| mezclado en las oraciones |
| de un delicado velón |
| hecho de mil corazones. |
| Sendero entre los olivos, |
| verde oscuro, negra plata. |
| Los sonidos cristalinos |
| de la fuente que remansa |
| sueños de espigas dormidos, |
| en el diapasón del agua. |
| De hierros y pedernales, |
| cruz de Araceli serrana |
| entre la flor del camino |
| dormida en la noche blanca, |
| donde los claveles ríen, |
| y la rosa se quebranta. |
| Al contemplar la hermosura, |
| de la sierra sacrosanta. |
| La sierra pierde su añil |
| y enmudecen las cigarras, |
| mientras en el camarín |
| le tejen un pecherín |
| las golondrinas del alba." |
De Don Pedro Marín Cuenca
"Todos los lucentinos hemos admirado y contemplado extasiados tu infinita
belleza, de tal manera que:
| Es tal, Madre, tu hermosura |
| que si la contemplo muero |
| y si la pierdo prefiero |
| perderme en noche oscura. |
| Un océano de frescura |
| rocía mi cuerpo entero |
| con espuma de romero |
| que exhala tu figura. |
| Porque Tú, luz de azucena |
| bajas de Araceli amante |
| en un rayo cristalino |
| que, en polvo, penetrante |
| repone al reloj la arena |
| que nos robó el destino. |
El amor que te profesamos es el cariño filial propio de tus hijos. Así:
| Si yo tuviera un beso, si yo tuviera... |
| un beso preso en mi corazón bordado |
| como prenda del amor que Tú me has dado |
| y al calor de tu calor resplandeciera... |
| Si pudiera elevarlo, si pudiera... |
| por encima de todo lo que he amado |
| y besara como nadie te ha besado |
| tus mejillas con sus alas y que ardiera... |
| Si aún más alto, más alto y más creciera... |
| y llegara donde florece tu cielo |
| allí donde reina siempre primavera... |
| Si cayera al fin mi beso en tu ribera... |
| moriría nada más pisar el suelo |
| crepitando en las llamas de tu hoguera." |
De Luis Fernando Palma Robles
"Aquella muchacha sabía que, a pesar de la abundancia de bienes
materiales, el alma de las gentes sentía hambre. Que el alma de las gentes
necesitaba del milagro que transforma, del alimento que diera fuerzas para no
quedarse, para andar con valentía hacia el horizonte y dejar atrás
tanta cadena.
Aquella muchacha rezaba, pedía, una y otra vez, que se rompieran las
ataduras.
Un buen día, al mediodía, su ventana saltó en mil pedacitos
de luz enamorada que dejó pasar, con la naturalidad más grande
y más silente, las alas de Dios; luz que se abrió como un mar
Rojo al paso del enviado.
Corto fue el diálogo, como debe ser el de las grandes cosas.
-¿Se hace Araceli en ti? -dijo él.
-Que se haga -contestó ella con la solemnidad sencilla y segura que le
daba el saberse novia de Dios.
El arcángel pronunció entonces las palabras del cura poeta, lucentino
y aracelitano don Luis Repiso Hurtado:
| "Trono del Verbo es María |
| En Altar Dios la consagra. |
| Arca de amistad se nombra |
| Y del Cielo hermosa Ara. |
| Arca, Ara, Altar y Trono |
| Madre de Dios (te) proclaman". |
Del suelo ajedrezado empezó a brotar humo, como en una noche lucentina
de primera domínica de mayo; el humo germinal del Espíritu, hasta
cubrir la estancia toda.
Una deliciosa calidez fue resolviendo la nube y descubriendo muy poco a poco
cómo aquella habitación cuadrangular de doncella se había
abierto hasta las líneas irregulares de un jubiloso octógono para
albergar el embarazo de la O expectante. Alguien, quizá pensando en antojos
de preñez, había ornado aquella sala con enjalme de yeserías,
mármoles, nobles maderas, espejitos... Y un ángel, y otro ángel.
Y un santo, y otro santo. ¡Cuántos ángeles y santos a disposición
de la Señora!
El oro se hizo trono y dosel a un tiempo para la Inmaculada Araceli. El cielo,
cargado de estrellas, vino a ser manto, deliciosamente replegado, para cubrir
a la divina gestante. En la altura de las esquinas, vigías los arcángeles
y el custodio. En las esquinas a su altura, escolta: Moisés con la piedra
de la ley; David con su melodía que riega los sentidos; Bárbara,
la santa que defiende el castillo, y Ezequiel, el profeta de la puerta
cerrada que no se abrirá nunca."
De Don Manuel Gutiérrez Molero
"Para ti, Madre y Reina coronada, mi voz hecha caudal y eco de plegarias.
Trenza piropos de caricias nazarenas
con requiebro de ocultos pregoneros en el amor.
Es mi canto una oración, lluvia de encendidas ilusiones y saeta al vieento,
mecida por la brisa de una eterna madrugada, que anhela recoger en la corona
esperanzada de mil corazones que un día te regaló Lucena, los
desvelos y anhelos de las madres lucentinas y la pasión vibrante y emocionada
de sus hijos los santeros.
Y en la trilogía de la maternidad más pura,
déjame sentir, Señora, rota la añoranza, la presencia de
la madre que me enseñó a rezar, el gozo inconmensurable de poder
cantarte de nuevo, reina de mis sueños y amor de mis amores.
| Al latir mi corazón |
| quise oír lo que decía |
| acariciando el "jasón" |
| al atar la almohadilla |
| No sabes lo que sufrí |
| al tenerte Madre mía |
| y no poder compartir |
| mi alegría en su alegría. |
| Que sin tu amor no soy nada, |
| me enseñó su amor primero |
| al despertar la mañana |
| y al oscurecer el cielo. |
| Que su cariño de madre |
| es reflejo de tu aliento, |
| y aunque Sierra ella se llame |
| Tú eres su altar y su ejemplo. |
| Y por eso yo te canto |
| y doy gracias a Lucena |
| que me permite tener |
| a dos madres que me velan. |
| Y pasear la palabra, |
| hecha saeta santera |
| en un canto maternal |
| por toda la tierra entera. |
| A ti que eres mi alegría |
| Mi esperanza en la tristeza. |
| A ti, que has sabido darme |
| lo mejor que dentro llevas. |
| Y que supiste acercarme |
| a la que es mi Madre eterna |
| te ofrezco la santería |
| que es toda mi vida cierta. " |
De Don Joaquín González Pérez
"Después de haber quebrado mi voz en alabanzas a la Santísima
Virgen; después de haber abierto mi alma a Lucena, creía que ya
no quedaban en mi pecho ni piropos ni requiebros para exaltar en esta vigilia
literaria la efemérides del cincuenta aniversario de la Coronación
Pontificia de Nuestra Patrona. Pensaba, en mi soledad, en los antiguos hermanacos
y sobre todo en el hermano Banderas. No podía volver a Lucena y presentarme
ante la Santísima Virgen de Araceli con las manos vacías. Por
eso...
| Para Ti, Señora, |
| he cortado las rosas más bellas |
| de los jardines de Mañara; |
| son las más hermosas, las más tempranas. |
| También para Ti, Señora, |
| he cogido las azucenas que coronan la Giralda; |
| son de bronce fundido, |
| pero la luna ha puesto su luz, |
| las estrellas su azogue y el mercurio los luceros |
| para que hoy sean más puras y blancas. |
| Para Ti, Señora, |
| he traído geranios de San Jacinto |
| y claveles de Santa Ana. |
| Jazmines de Doña Elvira, |
| azahar de Santa Marta. |
| Jacarandas del Parque de María Luisa, |
| madreselvas del Callejón del Agua. |
| De Triana, Señora, |
| traigo un cante antiguo de fragua. |
| "Como vengo a Lucena |
| y "na" tengo que ofrecerte, |
| mi "vía" que es mi tesoro, |
| Araceli, yo doy por verte. |
| Desde la cuna |
| me enseñaron a quererte. |
| Y de las Santas Alfareras, |
| barro traigo para hacer tinajas, |
| donde guardar las esencias |
| de Lucena |
| noble pueblo que te ama." |
De Don Joaquín Alfredo Abras Santiago
"Ella se había convertido, también, en maestra de todos
nosotros. Con Ella, bajo su mirada siempre atenta y amorosa, amable y delicada,
aprendimos, fuimos aprendiendo, desde sumar y restar llevando, hasta las primeras
frases de aquel "Catón" prodigioso que nos fue dando paso a
las enciclopedias, las "Lecturas Graduadas" y final mente la espléndida,
deliciosa y exuberante prosa de un Cervantes en las aventuras, las apasionantes
aventuras del Ingenioso Hidalgo.
Allí estaba Ella. Y con Ella comenzábamos el día rezándole
el avemaría y encomendándole nuestras cosas.
Allí estaba Ella, siempre sobre nosotros, refugio eterno en los castigos
escolares. Con su corona alta, sobre la faz almendrada y enmarcada en el rostrillo.
Siempre estaba allí la Virgen de Araceli, mirada vigilante y amorosa
infinita la madre. Después, cuando chavales, las primeras canciones y
los primeros requiebros a las niñas, jugando con la letra del fandango
antiguo: "Si te llamas Araceli..."
| Si te llamas Araceli |
| no llores ni tengas pena, |
| que es el nombre más bonito |
| y el de la Virgen más buena. |
| Araceli suena a miel. |
| Araceli suena a menta, |
| a yerbecillas del campo |
| y al humo de la alhucema. |
| Si te llamas Araceli, |
| no llores ni tengas pena, |
| que el nombre es "Altar del Cielo", |
| de un cáliz y una patena; |
| de la cara más hermosa |
| que creó Dios en la Tierra. |
| Si te llamas Araceli |
| tu nombre huele a canela; |
| tu nombre huele a claveles; |
| tu nombre huele a esta tierra. |
| Si te llamas Araceli, |
| no llores ni tengas pena |
| porque el nombre de Araceli, |
| es el nombre de Lucena." |
De Don Francisco López Salamanca
"... Qué fiesta en el Cielo, el día aquel en que el misterio
de Dios te coronaba como Reina y Señora de todo lo creado. Qué
aleluyas celestes recitando tus glorias, alabando tus gracias, desgranando el
rosario inefable de la más grandiosa letanía compuesta en tu honor:
Tú, Jardín de Rosas Místicas, Muralla almenada de doradas
torres, Constelación de todas las auroras, Salud viva, Refugio absoluto,
Consuelo suavísimo de las amarguras...
Y también, cómo no por parte de tus hijos, estos hijos tuyos lucentinos,
probados en tu amor durante siglos, seguros de Ti siempre; cómo no ceñir
también tus sienes con la corona de su cariño. Generaciones de
aracelitanos debieron conmoverse de emoción, estando a tu lado, en el
gozo de tu presencia, cuando aquel mayo inolvidable, este año más
presente que nunca, nuestros mayores vieron al fin realizado el sueño
de coronar a tu Hijo Jesús, y de coronarte, Madre, como Reina y Señora
de Lucena, como Reina y Señora de nuestros corazones.
| Se resumió la luz y la armonía |
| aquel día sin sol, privilegiado; |
| porque el sol se guardaba cincelado |
| para ceñir la frente de María. |
| En un fragor de amor, se detenía |
| el corazón de un pueblo enamorado |
| al ver blanca la Rosa, y el nevado, |
| delicado Clavel que nos traía. |
| Un sonoro silencio traspasaba |
| de sueños realizados el instante, |
| al ver sobre sus sienes la corona. |
| El cielo de emoción se desangraba |
| y cada corazón gritaba amante: |
| Bendita sea por siempre la Patrona." |
De Don Luis Beato García
| Por soñar yo soñé |
| que fui ángel mensajero |
| que voló llevando cantes |
| por los caminos del cielo: |
| Aquel lucero grande |
| que está temblando |
| por qué estrella bonita |
| estará penando. |
| Y soñando yo me vi |
| de tu trono manigero, |
| que me regaló la cuña |
| la rama de un limonero: |
| Y con temblor en el alma |
| en el canto "e la maera" |
| grabé los tercios valientes |
| de una saeta santera: |
| ¡Que no se mueva un clavel! |
| Paso corto, manigero; |
| "qu'es er" Día de la Virgen |
| y el aire huele a romero. |
De Don Francisco Sánchez González
| "... Dios te guarde, Virgen María de Araceli, |
| Reina y Madre coronada nuestra. |
| Dios te guarde, ¡oh, dulce soberana! |
| de cortijos, viñedos y olivares. |
| Señora de los campos de labranza, |
| protectora de campiñas y de hogares. |
| Altar del cielo en nuestra tierra, |
| Virgen Sagrada María, ¡Dios te guarde! |
| Si en la curva leve de tu colina romana |
| el ángel mensajero te saluda "gratia plena"; |
| aquí sol, aire y tierra te proclaman |
| de gracia andaluza y campesina llena. |
| A ti clamamos, pastora candeal. |
| A ti y por ti suspiramos, gentil aceitunera, |
| hontanar de esperanza, vendimiadora frutal, |
| hortelana de eternas primaveras. |
| Bienaventurada Tú eres entre todas las mujeres. |
| Benditas sean las manos que labraron tu belleza. |
| Bendita es la luz que cada día en tu mirada amanece, |
| y lo envuelve todo en tu refulgente pureza. |
| Bendito es el fruto de la tierra que amparas y floreces. |
| Bendita sea la estrella que abrió caminos desde Roma; |
| bendita la tormenta que una noche de alborotos celestes |
| te levantó un trono sobre una nube de piedra. |
| Y bendita por siempre, y para siempre, |
| es la hora en que llegaste a Lucena. |
De Don Antonio Prieto Gómez
| "¿Qué espíritu te escogió |
| entre todas las mujeres? |
| ¿Por qué Dios te dio poderes |
| y en tu ser se recreó? |
| ¿Qué ángel te saludó |
| mientras Tú, llena de gracia |
| diste el "sí" de aristocracia, |
| siendo así la nueva Eva |
| y templo de buena nueva |
| que venció toda falacia? |
| Dios Padre, creador de todo, |
| y Dios Espíritu Santo |
| te vistieron con un manto |
| blanco; limpiando de lodo |
| cuerpo y alma, Virgen pura, |
| para que toda criatura, |
| Madre de todos los hombres, |
| Señora de bellos nombres, |
| te venere con dulzura. |
| Por ser Madre de Dios Hijo, |
| Dios Padre te ha coronado, |
| y el Espíritu ha bajado |
| del Cielo, con regocijo, |
| al que venció en crucifijo |
| a la muerte y al pecado: |
| ¡Tu Cristo crucificado!, |
| que otra vez se te hace niño |
| y en tus brazos, con cariño, |
| bendice al Mundo salvado. |
| Araceli, Altar del Cielo. |
| Madre de los lucentinos |
| que trenzan cordones finos |
| hasta tu Sierra: Carmelo, |
| monte santo donde moras |
| atendiendo peticiones, |
| y ofreciéndole oraciones |
| a tu bendito Jesús. |
| ¡Faro, Norte, Estrella, Luz! |
| ¡Velón de mil corazones!". |
Del Pregón Extraordinario de las Fiestas Aracelitanas del año 1998.
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