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Un aroma indescifrable e indefinible, pero que está ahí, en la Sierra suya, cuando alta; en el pueblo suyo cuando, como ahora, entre nosotros, baja de su cima y se nos ofrece próxima y a la mano y a la oración y beso.

Flota por estas calles de Lucena
un aroma, un murmullo, una noticia,
un nombre que es igual que una caricia,
una palabra cándida y morena.
El tibio aliento de la hierbabuena
se le parece, flor de la delicia,
con sólo cuatro pétalos auspicia
la oscura retirada de la pena.
Retirada la pena, la alegría
encuentra sitio grácil y amoroso
junto a tu corazón: Regina Celi
y el aroma inefable de María
se concreta en un nombre milagroso:
el de Nuestra Señora de Araceli.
El sabor de las uvas por la boca;
el alba donde el alma se serena;
la clara miel que colma la colmena;
el tacto que enternece cuanto toca.
La luz donde se vuelve el alba loca;
el murmullo que enlluvia lo que llena;
el fervor entrañable de Lucena;
el roce de la rosa por la roca.
Todo lo que es sumiso y delicado
vale para el volar maravillado
de tu calandria, heralda de alegría.
Manantial de bienaventuranza,
espejo del amor y la esperanza,
Señora de Araceli, Madre mía.

Cuando el penúltimo domingo de abril, la Virgen deja su nido serrano y desciende hasta Lucena, todo se hace lustral y diferente. Vibra el pueblo como un solo corazón y millares de romeros, de estos y otros pagos, se acercan hasta la ermita, se acogen al cobijo de sus blancos muros, reposan un instante la subida y se disponen a acompañar ladera abajo el preciado trono de la Madre.
La alzan orgullosos los santeros y el manijero dispone y ordena, sabedor del privilegio que le cabe.


Tres elementos, tan necesarios como simbólicos, tiene la santería: la horquilla, la almohadilla y la campana. Portar las andas de la Señora no es para el lucentino una obligación, sino un honor. Lo que en apariencia sostiene el trono gravitante es el hombro del santero, pero lo que en verdad soporta el esfuerzo y la fatiga es el amor a la Virgen de Araceli. Todo ello dentro de lo que se ha llamado la estética de la santería.

Déjame poner mi hombro
bajo tu trono de plata.
Sabiendo que yo te llevo
el trono es nube y es ala.
Pastora de este rebaño;
Sol de los Campos de Aras;
Luna de la serranía;
Estrella de la alborada;
Arco Iris de bondades;
lucentina y ermitaña,
toca en mi hombro cansado
con tu cayado sin mancha
y madero se hará pluma
y el sequero se hará agua
y el santero se hará horquilla
y el manijero, campana,
y la encina, candelabro,
y el olivo, cera blanda
que alumbre los corazones
de la gente que te aguarda.
Lucena se ha puesto en pie
de fiestas y de esperanza,
pero se arrodilla cuando,
Altar de los Cielos, pasas.
Déjame poner mi hombro
bajo el peso de tu planta
y entra despacio en Lucena,
cruza del Coso a la Plaza,
y no te asombres si ves
almas, almas, almas, almas...
Es que toda Andalucía
se ha hecho ya aracelitana.

Don Carlos Murciano González. Del Pregón de las Fiestas Aracelitanas del año 1996.