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He recorrido, Madre, la distancia que me separaba de Ti. Y compruebo ahora lleno de gozo que aún estoy en el principio cuando ya pensaba en el fin. Sólo he temido al comenzar el camino, que por llegar a su final, el impulso loco de mi corazón se apartara de la senda o la dejara atrás, pero no ha sido así porque Tú eres nuestro faro, luz y guía. Por eso, rebosante de esperanza, te pido que nos sigas bendiciendo y cuidando de nosotros y de esta tierra:
| Eleva mis ojos hasta esa altura |
| de paredes blancas donde estás, Doncella, |
| para que los pulse la luz de tu estrella, |
| y dancen por siempre en tu hermosura. |
| Mójame los labios en el agua pura |
| que fresca reposa en el núcleo de ella, |
| para que mi prosa sea mucho más bella |
| y mi verso sea el de mayor ternura. |
| ¡Lléname la copa con sol de la tierra, |
| con el oro líquido del verde ramal, |
| con la fiel retama que anuda en cadena |
| ocultos deseos que guarda tu sierra, |
| con el más ardiente rayo en tu cristal: |
| el velón de amores de toda Lucena! |
Entre el estampido de la cohetería, la alegre voz de las campanas, y a hombros de sus hijos, comienza nuestra Madre la bajada. Por un camino que empieza donde el camino se acaba; el camino está en la Sierra y en Lucena su llegada:
| El camino que termina |
| vuelve a comenzar de nuevo |
| con la Pastora Divina |
| a hombros de sus santeros. |
| ¡Ay caminito del alma!, |
| ¡cómo me quema por dentro! |
| Que baja nuestra Patrona |
| más ligerita que el viento, |
| sobre una alfombra de flores |
| que le ha "bordao" su pueblo. |
| ¡Ay caminito del alma!, |
| ¡cómo me quema por dentro! |
| ¡Que ya baja la Pastora |
| en brazos de nuestro pueblo! |
| ¡Pellizca tu corazón! |
| ¡Que tú, no sueñas despierto! |
| Y la sombra del olivo |
| que tiene las hojas verdes, |
| el tronco lleno de ramas |
| y una diadema en la frente, |
| a la vera del camino |
| evoca otros atardeceres. |
| ¡Ay caminito del alma!, |
| ¡cómo alivian sus quereres! |
| "Metío" bajo tus andas |
| mi ternura ha "despertao", |
| y en mis entrañas un ciclón |
| de amor con dolor ha "entrao". |
| Siento un río por mis venas, |
| en mis hombros un martillo, |
| y unos "zumbíos" de colmena |
| en mi pulso "estremecío". |
| Y mi fuerza se levanta |
| como una cruz de madera |
| porque en mis hombros se mece |
| la flor de la primavera. |
| ¡La flor de la primavera! |
| ¡La flor que en mayo se abre! |
| ¡Ay, caminito del alma!, |
| ¡la que florece esta tarde! |
Don Pedro Marín Cuenca. Del Pregón de las Fiestas Aracelitanas del año 1993.
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