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Desde el puerto de Civitavecchia al de Alicante, María vino acariciada por los mismos aires marineros. Desde Alicante hasta las puertas de Lucena avanzó por la misma vía de las legiones, a través de las huertas de Murcia, los llanos de Guadix y las fragosidades de Loja y de Rute. Y cuando reventó la tormenta en el punto donde hoy se alza la Cruz, sintió que por primera vez la recibían con fuegos de triunfo y supo que estaba en su tierra y entre sus paisanos.

Ya no eran los mismos paisanos que los bárbaros del desierto exterminaron hacia tantos siglos, pero eran los suyos. Ya nadie llamaba Sefarad a esta tierra, pero era su tierra.

María sintió el aroma de las viñas y le llegó el dulce aguijón del vino dormido en las lejanas bodegas. Eran las mismas viñas de Galilea, el mismo vino por donde asomó a su Hijo al primer milagro. Escuchó las leves castañuelas de las hojas del olivo saludándola bajo el temporal y percibió el rumor de la apacible siesta del aceite en las remotas tinajas.

Tierra de aceite y vino, buena samaritana. Refugio de desterrados por cualquier rigor, de cualquier fe, de cualquier nombre. Esta, sin duda, era su tierra.

Ningún rayo espantó a la mula que la llevaba, paisanos. Fue que su sencillo instinto quiso ofrecerle a su Celestial Amazona el mejor mirador para que disfrutara de su cortijo.

Al día siguiente, los criados del marqués, que encontraron a la pobre bestia exhausta, no habrían podido decir si la había abatido la furia del cielo o le había quebrado el corazón el estallido de gozo de la tierra.

María recibió así el primer abrazo de la Sierra de Aras. Lucena ya la esperaba, la acogió con cariños de hija y la paseó en volandas hasta la iglesia de Santiago, la vieja sinagoga.

Entonces María de Araceli se sintió como nunca en su casa.

Estamos en el ecuador de la primavera.
Como lebreles de desnuda plata
recién nacida del crisol y helada
no bien la abraza el aire
y vuelta a enfebrecer apenas palpa
su tersa piel el Sol,
se desmandan las mientes por las venas
y los pulsos afrontan, desvalidos,
la tempestad que canta entre las sienes.
Fuera ruge el tambor de las caderas,
se nublan las rodillas
y desatan su aljaba los olores.
Mediada va la danza y se encamina
del jardín a la era y, en llegando,
en el sol arde cuando el sol se para.
Como el corzo acechado, quebramos un instante
aliento y ademán y descubrimos
que es el redondo cielo quien asesta su arco
y nos damos gozosos a su flecha.

En la mitad del camino, cuando la danza de la nueva vida se dirige desde el jardín a la era, María de Araceli se llega a darle una vuelta a su casa y para que lo vea la familia, se trae a su Niño en brazos.

Por ese Niño la sentimos Madre. Mirad bien, paisanos, a ese Niño.

Todos llevamos dentro un cauto anciano que nos dicta las reglas de este complejo juego que es la vida y un sagaz adulto que calcula y decide; y también un niño que disfruta y sufre, que ama y aborrece, osa y teme, ríe y llora sin pararse a pensar por qué.
Fue este niño que llevamos dentro y nadie más, quien inventó esta fiesta porque nadie más que un niño es capaz de hacerle fiestas a su madre porque sí, sin que le haga falta pensarlo.

Este niño es el que presta aliento a los santeros; este niño es al que se le ríen las lágrimas al paso de la Virgen; el que la aclama desde las aceras y los balcones; el que sujeta los pulsos de los jinetes; el que come y bebe y baila y canta en la fiesta; el que se deja embobar, bendito.


Don Alejandro Moreno Romero. Del Pregón de las Fiestas Aracelitanas de 1992