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Prólogo Apócrifo

En aquel tiempo, el marqués organizó en la villa una fiesta muy solemne. A ella invitó a Jesús y a su madre.
Cuando Araceli llegó de Roma, se dio cuenta de que faltaba el vino para la celebración.
-No tienen vino- le dijo a su hijo.
-Mujer, ¿qué nos va a tí y a mi? No es aún llegada mi hora. Habló la madre a los criados del marqués: haced lo que él os diga.
Se llenaron las grandes tinajas del Llano con aguas de la Fuentevieja.
Entonces el agua se cambió en vino. Cambió desde entonces la villa toda.
En vino. En vino que no embriaga. En vino que calma la sed del espíritu. En vino que protege. En vino de libertad.
El agua de la villa se fue mudando poco a poco en el vino de la ciudad.
Gracias, Araceli, a tus palabras que hicieron posible el milagro, el agua del yo se convirtió en el vino del nosotros, naciendo así la comunidad aracelitana. El pueblo fue liberándose. Y del escudo del marqués, agua con un hombre -qué importa su raza y su clase- encadenado al cuello, se llegó al vino del lucero, del castillo, de la azucena.
Al lucero que ilumina el camino de nuestra comunidad en la noche incierta de los tiempos. Al lucero que derrama luz de esperanza sobre el sufrimiento del cuerpo o del espíritu. Al lucero que ilumina en la duda.
Al lucero cuyos rayos quemaron la cadena del escudo del marqués.
Y se llegó también al castillo, fortaleza protegida por las doncellas de la prudencia frente al asalto de la falta de justicia y de tolerante templanza
Al castillo que apiña en sus paredes ladrillos que son almas, nuestras almas. Y también se llegó a la azucena. Azucena que eres Tú, Araceli.
Con la gracia divina, pusiste, como signo de unión eterna con tu pueblo, las dos últimas silabas de azucena en el nombre de la ciudad junto a la luz de sus dos primeras letras.
Azucena Araceli, que sostienes altar del cielo donde se inmola tu pueblo.
Azucena que impregnas con los trozos de oro que flotan en tu flor, oro de calidad, esto es, de caridad, a todo aquél que te toca con la oración de su mirada.
Azucena que te entregó el arcángel Gabriel cuando te anunció tu divina maternidad con fandangos de nuestra tierra:

A visitarte he venío
con un celestial mensaje:
no llores ni tengas pena,
de Dios vas a ser la Madre.
Araceli, cielo, altar,
guarda bien esta azucena
que un día habrás de plantar
en el blasón de Lucena

Pronunciado el 4 de mayo de 1990 por don Luis Fernando Palma Robles.