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Cosas de Ayer...
Quisiera contar algo, que debió ocurrir a primeros de este siglo. Estaba la Virgen aquí, en la Parroquia, cuando a causa de una pertinaz sequía, que asolaba los campos, los hijos de Lucena sacaron a Nuestra Madre en rogativa. Mucho tiempo estuvo la Virgen a hombros de aquellos lucentinos llenos de fe, recorriendo los campos de Lucena. Quizás se alejaron más de lo debido. Como quiera que tenían pensamientos de repetir la acción al día siguiente, aquellos a quienes correspondía intervenir, trataron de evitarlo. Decidieron trasladar a Nuestra Madre a su Ermita, aquella noche, sin que el pueblo lo advirtiera. Y la Virgen fue trasladada sin más acompañamiento que el boyero que conducía la carreta, y un reducido número de lucentinos que había sido avisado. Al día siguiente, al tener conocimiento de lo ocurrido, el pueblo hizo esta copla, que se cantó durante mucho tiempo:
| " Al señor Alcalde |
| hemos de rogar: |
| como la llevaron, |
| no la lleven más ". |
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El Hermanaco, portador de la medalla de la Virgen, como cariñosamente se le llamaba, recorría cada día varias calles de Lucena, llevando a Nuestra Madre a todos los hogares. Cuantos tuvieron aquella medalla en sus manos; cuantos pidieron a la Virgen la salud perdida y, cuantas madres colocaron sobre el pecho de sus hijos enfermos aquella medalla, mientras el Hermanaco esperaba impaciente en el portal de la casa. A los pies de la Virgen, en el marco, un pequeño crucifijo casi gastado por el roce de millares de labios que besaron a Cristo. Me parece estar viendo a Nuestra Madre pasar de unas manos a otras, cuando el Hermanaco llegaba a la vieja Plaza de Abastos. Todos besaban a la Virgen y al crucifijo para, después, depositar unas monedas en el cepillo. La visita de la Virgen a los hogares lucentinos quedó parada en el tiempo.
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¿Quién puede decir, que alguna vez no tuvo penas? ¡Cuantas veces hemos venido a ponernos a los pies de Nuestra Bendita Madre! Y..., ¡en cuantas ocasiones afloraron a nuestros ojos unas l grimas para ir a ocultarse a un blanco pañuelo!. Hemos llorado delante de la Virgen. Y no creo que sea una debilidad llorar; menos, si se llora junto a la Madre. Creo que llorar, aparte de ser un desahogo para el alma, es la entrega de un corazón. Dice aquella vieja soleá:
| " Tierra que no tiene agua, |
| poco fruto puede dar. |
| No esperes cositas buenas |
| de quien no sabe llorar". |
Pronunciado por Don Francisco Espada Gómez.
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