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Desde Roma a Lucena
Cuando el Marqués de Comares, que pudo haber quedado mil veces tendido en el campo de batalla, llegó a Roma sano y salvo, no fue por casualidad, fue porque tenía que encontrar, tal vez sin saberlo, una Madre para la tierra que lo vio nacer. Cuando se prendó de la imagen medieval de la Madonna del Capitolio y no de otra alguna, estando Roma llena de bellísimas madonnas al gusto de su tiempo, no fue por casualidad, fue porque su corazón de viejo guerrero, duro, que no rudo, sintió la llamada de la Gran Madre.
Permitidme imaginarlo en medio del tórrido estío romano escuchando esa llamada: Roma entera es un horno. El Marqués, en el fondo de su palacio, escucha la voz de María Santísima de Araceli y se da cuenta de que ya la está echando de menos.
Permitidme también que, puesto a imaginar, tome el primer poema que, hace ya muchos anos, dediqué a la mujer que yo más quería en este mundo y que hoy es mi mujer, y haga que el Marqués se lo diga a la Mujer que él más quería, fuera de este mundo:
| Machaca el sol los recios adoquines |
| y deja ciegas las paredes blancas. |
| La piedra ya ni es piedra |
| y el flaco río, tibia sierpe líquida, |
| deja entrever bajo la brisa ardiente |
| su atroz vertebradura de guijarros. |
| Ya no hay hambre ni hartazgo |
| ni amor ni desamor, suerte o desgracia. |
| Hay sueño sólo desde el sol al polvo |
| en la desierta hora |
| en que el dios ciego y el arquero músico |
| entran del brazo por las celosías. |
| Mi casa está tranquila, |
| oscura y fresca como un fresco cántaro |
| y oigo tu voz, prendida en el silencio |
| como una dulce campanada ausente. |
Y Roma, que siglos atrás había enviado desde ese mismo Capitolio a su Gran Madre pagana, nos enviaba ahora a la Madre de Dios, María Santísima de Araceli.
Desde el puerto de Civitavecchia al de Alicante, María vino acariciada por los mismos aires marineros. Desde Alicante hasta las puertas de Lucena avanzó por la misma vía de las legiones, a través de las huertas de Murcia, los llanos de Guadix y las fragosidades de Loja y de Rute. Y cuando reventó la tormenta en el punto donde hoy se alza la Cruz, sintió que por primera vez la recibían con fuegos de triunfo y supo que estaba en su tierra y entre sus paisanos.
Ya no eran los mismos paisanos que los bárbaros del desierto exterminaron hacia tantos siglos, pero eran los suyos. Ya nadie llamaba Sefarad a esta tierra, pero era su tierra.
María sintió el aroma de las viñas y le llegó el dulce aguijón del vino dormido en las lejanas bodegas. Eran las mismas viñas de Galilea, el mismo vino por donde asomó a su Hijo al primer milagro. Escuchó las leves castañuelas de las hojas del olivo saludándola bajo el temporal y percibió el rumor de la apacible siesta del aceite en las remotas tinajas.
Tierra de aceite y vino, buena samaritana. Refugio de desterrados por cualquier rigor, de cualquier fe, de cualquier nombre. Esta, sin duda, era su tierra.
Ningún rayo espantó a la mula que la llevaba, paisanos. Fue que su sencillo instinto quiso ofrecerle a su Celestial Amazona el mejor mirador para que disfrutara de su cortijo. Al día siguiente, los criados del Marqués que encontraron a la pobre bestia exhausta no habrían podido decir si la había abatido la furia del cielo o le había quebrado el corazón el estallido de gozo de la tierra.
María recibió así el primer abrazo de la Sierra de Aras. Lucena ya la esperaba, la acogió con cariños de hija y la paseó en volandas hasta la iglesia de Santiago, la vieja sinagoga.
Entonces María de Araceli se sintió como nunca en su casa.
Pronunciado por Don José Aparicio Calvo Rubio.
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