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Araceli de Lucena

Radiantes aleluyas pueblan y estallan en la Puerta de la Mina. Sánchez González pedía al corazón lucentino, -¡qué gracia!- que se arrancara por fandangos. ¡Qué estrella no la canta en la Sierra o en la fuente de la Barrera! Y Gómez Pulín vuestro decía, -he de volver continuamente a ellos-, aquello de la identidad de los nombres Araceli-Lucena, se sugieren a sí mismos, conjugan la misma gracia. Sea entonces, -¿por qué no?-, el romance, alma del pueblo desde mi voz gaditana, sobre las ocho sílabas, también de miel, de su verso, quien le salga al paso para cantarla:

Las campanas de los cielos
tocan a gloria y a fiesta
cada vez que el hombre dice
Araceli de Lucena.
El arco iris no tiene
más color que tenga Ella.
Salta de gozo la Salve
viendo que la primavera
se ha puesto a cantar en mayo
coplas para su Pureza.
Más blancura que en María
no hay en ninguna azucena.
No cabe el agua de ríos
que más claridad contenga.
En la mina del aroma
no hay más olorosa esencia
que la que estalla de gozos
en la Madre de Lucena.
En las torres de la sangre
mil corazones voltean
repiques por Araceli
cuando mayo la contempla.
No tiene el mar oleajes
de espumas más marineras.
Por las brújulas no hay
norte como su belleza.
Las curvas de los timones
se ponen en línea recta
cuando mayo y Araceli
entre campanas navegan.
Los mástiles no conocen
polar mejor que su vela.
Las campanas de los cielos
tocan a gloria y a fiesta
cada vez que el hombre dice:
Araceli de Lucena.
Por los árboles del Coso
botánicamente juegan
a campanillas las hojas
color de verde inocencia.
Toda criatura a su madre
bajo Araceli recuerda.
En los velones, se abren,
ojos de sol, las piqueras
mandando esa lumbre pura
que tiene a María por cepa.
Fandangos suben y bajan
entre los aires, por verla,
y se desborda cantando
la gracia que patronea
mientras se oye por toda
la alegría de Lucena
que es Ara del Cielo Santo
la Patrona de la Sierra;
y la copla se detiene
diciendo a la Camarera
de la Virgen esa gracia
con la que canta Lucena:
Madre mía de Araceli,
ve y dile a la primavera
que en las manos de la Virgen
están fundidas las nuestras
y que desde que la vimos,
alba de toda tormenta
la estamos queriendo todos
en su Casa de la Sierra
y que nuestras vidas son
velones para sus penas
y mientras rompen los campos
y las calles su azucena
de confianza el alma
andaluza se nos llena
unánime de María
de gratitud y promesas
a la que cantan las gentes
lucentinas esta ofrenda:
Las campanas de los cielos
tocan a gloria y a fiesta
cada vez que el hombre dice:
Araceli de Lucena.

Pronunciado por Don Francisco Montero Galvache.