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La romería
En la tarde del primer domingo de Junio, anticipo feliz del verano, marchan
los romeros con el cansancio del ajetreado día reflejado en el semblante. Desfilan
camino abajo, plenos de melancolía y la más honda tristeza se refleja en sus
rostros porque allá, en la cima, queda la Señora en la soledad de la cumbre.
De vez en vez vuelven la mirada hacia la blanca mole del Santuario y la divina
faz de la Serrana que se ha quedado en todas las pupilas tradúcese cual un espejo
en el blanco nardo de las paredes. Se ha estado un día cerca del Cielo y gozado
en plenitud de la confortante paz que la serranía otorga.
La multicolor caravana se dirige pausadamente hacia la llanura circundada de
olivares y la copla popular hiende el balsámico aire de la agreste maleza...
| en mitad del camino |
| hay una fuente, |
| si no la hubiera |
| por rezar a la Virgen |
| también subiera. |
La tarde se aproxima. La ingente sombra de la Sierra de Aras se hace más
intensa, se ensancha por instantes, cubre los cerros plenos de olivares que
amorosamente la rodean. Se entenebrecen los pinos escuálidos y solitarios que
motean el paisaje serrano, y el sol en sus últimos reverbeneros inunda de oscuridad
densa y ominosa la región toda.
Los milenarios olivos en la difusa claror del anochecer se tiñen de un verdor
negruzco. La Puerta de la Mina, preñada de tantas evocaciones aracelitanas,
se nos acerca piélago silente y placentero, antesala efectiva y cordial de añoranzas
queridas. Allá en la cumbre la Virgen dormita plácidamente en su regio camarín,
mientras los romeros se preparan en torno a la familia para emprender al día
siguiente la tarea cotidiana.
Pronunciado por Don Antonio Gómez Pulín.
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