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La Llegada de la Virgen a Lucena

El año de 1562, viaja a Roma un noble español: el Marqués de Comares, don Luis Fernández de Córdoba, Señor de Lucena, Alcaide de los Donceles, de la casa de Medinaceli, aquella estirpe que Marañón dice atacada de manía constructora. En verdad que Lucena da fe de ello. Aquí construyó D. Luis el más sólido y soberbio alcázar que nadie podía imaginar: la devoción aracelitana.

Corre la segunda mitad del siglo XVI. Gobierna España Felipe II, el rey más discutido y más apasionante de nuestra historia. El Concilio de Trento, ya en sus últimas sesiones, intenta contener la división del cristianismo tras la Reforma luterana. El Renacimiento, con su gran carga de sensualidad, con sus muchas virtudes y sus muchos vicios, impone su estilo a Europa.

Es la época en que una España reciamente, casi violentamente católica, baila en la cuerda de la paradoja continua. Frente a su tenaz empeño por la estabilidad católica de Europa, que entraña la unidad religiosa bajo la Santa Sede; convive el fenómeno de las francas diferencias con el Papado. Junto a aquella apertura hacia el mundo que es la expansión imperial, se produce la retracción sobre sí misma de la sociedad española. España pone entonces primeras piedras a un caparazón, que la disociaría definitivamente del rumbo europeo y que haría posibles brotes como el de nuestra mística, de sorprendente originalidad en el árbol renacentista. Este mismo año, 1562, Santa Teresa publica su primer libro y funda su primer convento.

En este siglo XVI, que no por hacer una frase he llamado antes alucinante, cuando impera el gusto por el equilibrio de las formas y la belleza serena, y cuando el católico español se vuelca con especial deleite hacia la figura de María, como un saboreado desafío a Lutero, el Marqués de Comares pasea un día por la Roma eterna, y da con la iglesia consagrada al culto de Santa María de Araceli.

Si al regusto clásico de la advocación, a la inclinación católica y mariana del noble español, unimos la añoranza que le evoca- Sierra de Aras, Campo de Aras, Medinaceli- comprenderemos fácilmente su determinación, yo pienso que entusiasmada determinación, de plasmar aquella palabra-Araceli-en una imagen que viniese a enseñorear sus predios lucentinos.

Encargada a dos escultores, se enreda de nuevo el ovillo de la fantasía. Pasados unos días el Marqués observa sorprendido que nadie responde a sus repetidas llamadas en el estudio de los escultores. Impaciente concluye por derribar la puerta, y he aquí que dentro sólo encuentra la imagen de la Virgen de Araceli, serena placidez de bellísima matrona romana. Ni rastro de escultores, ni de taller de escultura. Sólo la Virgen, en el centro de una estancia vacía. La leyenda quiere que la Virgen está hecha por manos angelicales, y la verdad es que merecieron serlo.

Pronto el Marqués de Comares regresa con su preciosa carga. Por aguas de mar mediterráneo y por andaduras de tierras españolas, la Virgen de Araceli alcanza los olivos lucentinos al atardecer del día 25 de abril de 1562. Por el viejo camino de Rute, con premuras de tiempo porque la noche se descuelga ya, la comitiva toca el Humilladero, en la falda de Sierra de Aras. Allí, una vez más, aguarda la leyenda. Ahora se ha disfrazado de tormenta. Rompe con tanta furia que hombres y caballerías se desperdigan espantados, sin que nadie atienda más que a buscar refugio. El amanecer trae una desazón peor. La imagen de la virgen se ha perdido. Un afanado buscar por los alrededores, conduce a la cumbre de Sierra de Aras, donde como un destino cumplido se halla la caballería muerta, y sobre su lomo, intacta, la caja que guarda la imagen.

Todo este entresijo de la leyenda es demasiado sintomático. Trata siempre de introducir en los hechos intervenciones sobrenaturales. Quiere que la advocación de Araceli haya llovido del cielo, quiere que la Virgen esté esculpida por los ángeles; y quiere que Sierra de Aras surgiera desde el principio de los tiempos con el destino marcado en sus entrañas de granito de ser algún día trono natural de la Virgen de Araceli. Y es que el alma sencilla del pueblo, turbada y hasta sorprendida por la fulminante descarga de amor que sintió desde la primera presencia de aquella imagen, presentía en ello, exigía incluso, una decidida intervención sobrenatural.

A caballo entre la historia y la leyenda, entre lo que consta documentalmente y lo que la tradición ha conservado, hay un hecho redondo y definitivo: aquel año de 1562, cifras de oro para la historia, el campo andaluz remontó fronteras desde la tierra al cielo, para convertirse en reino terrenal de la más bella imagen y más bella advocación de la Virgen: Santa Maria de Araceli.

Pronunciado por Don Francisco Sánchez González.