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Madre de Dios

El Señor de la gloria ha cogido su mano, ha fijado sus ojos -como el sol que mira tras la niebla- en la más sencilla criatura para hacerla su Madre. Es aún casi una niña, un amanecer, una promesa; una virgen sencilla y aldeana; sin riquezas -como una flor-; sin poder -como una brisa-.
Pero Dios la ama y la escoge para ser su Madre.

Mi madre se llama María, dice Dios.
Me faltaba una madre y me la hice.
Mi mejor invento, dice Dios, es mi Madre.
Hice yo a mi Madre antes de que ella me hiciese.
Ya nada tengo que envidiarle a los hombres,
porque también tengo una Madre que me quiere.
Mi Madre se llama María, dice Dios.
Es hermosa como la aurora
y llena de gracia.
¡Qué guapa es mi Madre!
Cuando Yo estaba en el mundo, no me cansaba de mirarla.
En el calor del hogar no me cansaba de escucharla...
Tanto que, dejando las maravillas del cielo,
nunca lo añoré estando a su lado.
Y fijaos si sabré Yo lo que es eso
de ser llevado por los ángeles...
Pero no es nada comparado con los brazos de una Madre.
Después de resucitar, Yo la echaba de menos.
Y ella a mí.
Por eso me la traje al cielo.
La tengo conmigo en casa.
Además, dice Dios, también lo hice por mis hermanos los hombres:
Para que tengan una Madre en el cielo.
Una Madre que los mira con los ojos con que me mira a Mí.
Una Madre que los ama con el mismo corazón que a Mí.
Ah, si los hombres fueran pícaros... Bien se aprovecharían.
¿No se dan cuenta de que Yo a Ella no puedo negarle nada?
¡Qué queréis! ¡Es mi Madre!
Yo lo quise así, dice Dios.

Pues bien, esta Virgen, Madre de Dios, es ARACELI: altar del cielo que engendra en su vientre a Dios.
Esta Madre que susurra con voz de luna cadentes nanas al Niño que duerme en sus brazos para que las hadas no le roben sus sueños, es ARACELI: altar del cielo que mece en sus brazos a Dios.
Cuando Jesús de Nazaret regresa sudoroso y agotado de predicar el amor, con mil caminos recorridos... y reposa la cabeza en el pecho de su Madre, es ARACELI: altar del cielo, donde reposa Dios.
Y en el momento del supremo sacrificio, cuando Dios-Amor, muerto en la cruz, es puesto por Nicodemo y José de Arimatea en el regazo de su Madre transida de dolor, es ARACELI: altar del cielo en que se inmola el Salvador.
Esta bellísima imagen, que nos preside, de María Santísima con el Niño Jesús que juega travieso en sus brazos, es ARACELI: altar del cielo que muestra a los lucentinos, como hizo a los pastores y magos de oriente, al Niño-Dios.
Y es altar del cielo el Santuario, encaramado en lo alto de las "aras" paganas, lugar sagrado cerca del cielo, con sus jaspes melados, barrocas yeserías, retablos de oro viejo, oraciones, súplicas y cantos...
Y la Sierra es altar del cielo, con sus riscos, encinas y chaparros, donde cantan todos los vientos, el sol se viste de rojo y ríe la niebla blanca de la mañana... La sierra que se asoma a los campos de Andalucía, a las viñas y olivares; a las dehesas de encinar viejo, alamedas y pinares.
Y es altar del cielo los hombros de tus santeros, que, al mecerte infatigables con amor de silencios contenidos, se yerguen con orgullo en su semblante.
Y Lucena es altar del cielo en el primer domingo de mayo: altar de flores, cantos, piropos y fuegos de artificio que derraman en cascadas infinitas la alegría de sentirte tan cercana.
¡Dichosa Tú, Araceli, por ser Madre de Dios!


Pronunciado por Don Antonio Molina Contreras en las Fiestas Aracelitanas del año 2002.