Volver

Reina y Señora

Y se echó la tarde al compás del eco triunfante de su llegada
Quedó atrás, sobre la sierra, el Santuario sumido en una soledad cuajada de silencios. En el camarín, la angelical orquesta ha enmudecido. Al tiempo, los querubines se ven envueltos por la nostalgia que origina la ausencia. Y los arcángeles han detenido el vuelo de sus alas luminosas.
La Puerta de la Mina es un encuentro donde Lucena se goza de sí misma al tenerla plenamente suya.
Se ha despedido el sol seguido de su rastro anaranjado, pero no la luz, que ha descendido como Divina Pastora para hacer a mayo doblemente luminoso.
Hay urgencias de rica saya y de corona áurea, que la Pastora es Reina y es Patrona y es Señora de Lucena y del Campo Andaluz.
Bajo marco de sabor renacentista, se ha dispuesto el trono de resonancias históricas, alzado en esta parroquial de San Mateo.
Y treinta y seis corazones santeros esperan anhelantes, tenso el músculo e inspirada la mente por andares indecibles, mientras Gregorio Espejo Casado, su manijero, crea para su gloria el camino del triunfo lucentino.
Y todas las flores dispuestas para abrirse a sus pies. De la humilde buganvillas que trepa multicolor por los muros de cal y teja, al delicado jazmín con blancor de luna. De la azucena purificadora al nardo sensual que evoca el alma soñadora del árabe español. Y la rosa de los poetas, y el alhelí de los sueños, y la pasión del pensamiento, y la sencillez del patio íntimo de geranios y gitanillas, y la melancólica transparencia de los gladiolos o la eclosión restallante del clavel que revienta sobre el cáliz. Toda la flor, pugna por rendírsele mientras el ambiente se hace fragancia de azahar cálido y envolvente.
Y una corona victoriosa, triunfante, trenza solemnes el laurel, la verbena y la aulaga, a la que se adhiere el aroma montaraz que desprenden la jara, el tomillo y el romero prendidos en el vuelo de su manto.
Y las campanas que voltean sobre torres y espadañas, en pinos de júbilo que llenan el cielo con sones de bronces esparcidos sobre la rosa de las vientos.
Y el estruendo restallante de los cohetes que golpean las alturas, y los fuegos artificiales y las bengalas que alumbran la noche con fantasmales colores.
Y exquisitez litúrgica de los ritos canónicos que se mezclan con la oración sencilla y los velarios y las promesas de un pueblo que la ama vivencial y radicalmente.
Todo: romerías de bajada y subida; este pregón; las ofrendas florales, la procesión solemne... Toda la fiesta se sublima -tal refería al inicio- en un instante de eternidad y en un espacio luz. De modo que cerramos los ojos y el tiempo y el espacio se confunden en la memoria. Hay momentos en que no sabemos qué año corre, pues el reloj semeja haberse detenido.
Y es que Lucena se ha transformado en templo y en tiempo designado como fiesta... "Templum" y "Tempus" coinciden, en la latina etimología, sobre esa raíz "tem" que alude a "cortar", a acotar el espacio y el tiempo para que el misterio de lo sagrado se haga presente.
Lucena, templo y fiesta, con Nuestra Señora María Santísima de Araceli presente entre nosotros, se ha mutado en cielo y eternidad. En un anticipo de la gloria que desciende a la tierra al par asciende al cielo el renacer de todas las primaveras.

Pronunciado el 4 de mayo de 2001 por don Fernando Azancot Fuentes.