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La Romería de Bajada y la Llegada

¡Qué alegría irradiaba siempre mi madre el día de la bajada de la Virgen...!
Todo es mayo adelantado. La vida lucentina, por obra y gracia de la devoción mariana, se convierte en hermoso poema aracelitano.
María baja orgullosa. En sus brazos, el Niño Dios gloriosamente resucitado.
La Fuente de la Plata paladea dichosa el dulce nombre de Araceli cuando, desde la altura del camino, el Niño de la Virgen bendice con su alegre mirada el brotar del agua limpia y mansa.
María de Araceli sabe del fervor del pueblo que la santea y aclama.
Su sonrisa es nuestro horizonte, la dulzura de sus ojos refresca nuestro espíritu...

Cuánto amor en su mirada,
cuánto estilo en la belleza
de su serena nobleza;
qué canción más delicada
la piel bienaventurada
que conforma su figura.
Señora que con ternura
de sus hijos se rodea,
pastora que pastorea
con silenciosa dulzura.

Fuente de la Virgen: provisión sin tentación.
Allí, junto a su agua, fresco rumor de claras transparencias, recuerdo los versos que, un día ya demasiado lejano, nacieron a modo de bienvenida del corazón enamorado de mi madre, para quien es Madre Nuestra:

"Como el agua de la fuente
mi corazón salta y baila
cuando tú vienes a verme.
Como el agua de la fuente
así es nuestro cariño,
puro, claro y transparente.
Como el agua de la fuente
quita la sed de los labios,
secas tú mi llanto al verte.
Como el agua de la fuente
corre en busca del arroyo,
así corro yo por verte.
Como el agua de la fuente
desemboca en el mar,
mi amor en tu amor se muere"

La tarde avanza pausadamente, recreándose en sí misma.
El sol viste de cálido oro la espadaña del Carmen.
La Cruz de la Barrera, lucentina y aracelitana por todos sus costados, escucha en la lejanía el bullicio de la fiesta, mientras, complacida en su añoranza, trae a su recuerdo las letras de los fandangos que piropeaban a su Virgen cuando entraba por la calle Rute.
Entonces, todo era distinto. Distintas vestimentas, menos gentío, más cante de la tierra...
Pero, en el fondo, nada ha cambiado. La celebración aracelitana sigue teniendo la misma vitalidad, el mismo sentir. Porque nadie se siente extraño. No hay espectadores. Todos, sin distinción y sin excepción, integramos esta gran familia aracelitana, que gozosamente acaba de recibir a su Bendita Madre y Patrona.
Madre de dulce corazón que viene bendiciendo las musitadas oraciones que nacen de los corazones que se agolpan en las aceras.

Corazón de corazones,
qué alta queda tu altura,
qué lejos tu senda pura,
Virgen de mis oraciones.
Bendición de bendiciones
cuando rezando te miro,
que en Lucena no hay suspiro
que no colmes de bondades;
Aurora de eternidades
al final de mi retiro.
Quién pudiera ser la brisa
que en esta tarde te besa;
quién el rayo que atraviesa
el perfil de tu sonrisa;
quién la huella donde pisa
el frescor de tu alegría.
Qué hermosa vienes, María,
mecida por tus santeros,
corazones verdaderos
que acunan tu santería.

Dentro de muy pocos días a ningún santero le quedará sobre su hombro marca alguna de esta santería. Pero jamás se le borrará la huella que Araceli ha impreso hoy en su corazón.

La Salve
pone fin a la bajada.
Sola
y allá a lo lejos
llora en silencio
Sierra de Aras.
San Mateo
recoge sus lágrimas.
La Virgen las enciende.
Y el Niño
por el cielo las derrama.
Nunca se vieron tantas estrellas,
ni una noche más clara.

Pronunciado por Don Gaspar Villa Fernández.