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De tan memorable día
para cantar la grandeza,
para escribir la belleza,
que encierra tanta poesía,
se necesita, a fe mía
de fray Luis de León,
del Dante y de Cicerón
la mágica inteligencia
la portentosa elocuencia,
la sublime inspiración.
No es hoy mi constante afán
el describir la alborada,
ni l bóveda azulada
donde los astros están;
ni el rugir del huracán;
ni el canto del trovador;
ni el perfume de la flor;
ni del mar el oleaje;
ni de la garza el plumaje,
ni alguna historia de amor.
No deseo no, ni ansío,
ni por decir tengo empeño,
ningún fantástico sueño,
ni como murmura el río;
ni tampoco el tierno pío,
que lanza el ave canora;
ni cómo sale la aurora,
ni es tersa la azul laguna,
ni porqué brilla la luna,
ni perlas el aura llora.
Mi deseo es hoy cantar
y ofrecerle una corona
a la divina patrona,
nuestra Virgen tutelar;
la que nos hace rezar
de la vida en los azares;
a esa estrella de los mares
de brillantes resplandores,
que alivia nuestros dolores,
y endulza nuestros pesares.
A esa inmaculada flor
que esparce exquisito aroma;
a esa cándida paloma,
que arrulla endechas de amor;
a ese lirio encantador;
a esa púdica. azucena;
a esa herrnosa Nazarena
que en su rostro peregrino,
vé a su madre el lucentino
a su patrona Lucena.
Todo es júbilo y contento
cuando celebran tu día;
todo es dicha y alegría,
tirando salvas al viento;
y en continuo movimiento
se pone la población,
cuando vas en procesión;
y es ¡oh madre encantadora!
que el lucentino te adora!
y es tuyo su corazón.
Tú eres ¡oh Virgen querida!
la dulce y tranquila calma,
de las borrascas del alma,
en el mar de nuestra vida;
tú eres la antorcha encendida
cuyo resplandor divino,
alumbra nuestro camino;
tú la milagrosa fuente
cuyo raudal transparente
bebe todo lucentino.
Sin ti no encuentra placer
la población de Lucena,
y ve con amarga pena,
su continuo padecer;
cuando no te llega a ver,
todo lo encuentra sombrío,
solitario, triste y frío,
pues tu virginal belleza,
le quita toda tristeza,
como a la flor el rocío.
De los astros a el fulgor
en el azul infinito,
tu nombre se mira escrito
con brillante resplandor;
ese nombre encantador
se pronuncia con anhelo
porque sirve de consuelo.
¿Quién no dice en su agonía.
¡Araceli! Madre mía!
para conquistar el cielo?
Tu nombre, para los fieles
es dulce panal de abeja
porque se pronuncia y deja
los labios llenos de mieles.
Tu nombre, no hay, no vergeles
ni pradera, ni enramada,
que tenga flor delicada
que compita con tu esencia;
ni jardines en Valencia;
ni cármenes en Granada.
Tu nombre es el ideal
de la mujer lucentina,
de esa rosa peregrina
de algún búcaro oriental;
de esa mujer sin rival
cual perla de tu corona
que tu hermosura pregona;
de esa mujer hechicera
que en su rostro reverbera
la imagen de su patrona.
Como el arte su armonía
y como el ave sus alas,
tus hijas lucen sus galas
siempre que llega tu día;
y van locas de alegría
más hermoso que ese sol
cuando tiñe de arrebol
el mundo de las estrellas...
son tus hijas las más bellas
que tiene el suelo español.
Tú eres patrona querida,
de nuestro cielo la aurora;
la Virgen encantadora
cuyo amor nos da la vida;
sin ti no tiene medida
nuestro duelo y nuestra pena;
por ti de entusiasmo llena
la ciudad se enorgullece,
y cuando sales, parece
que se conmueve Lucena.
Cometen mil desatinos;
no hay delirio que no estalle
cuando te ven en la calle
y miran los lucentinos
los resplandores divinos
de tu frente nacarada;
la purísima mirada
de tus ojos celestiales,
de tus labios virginales
la sonrisa inmaculada.
Nace en tus ojos la luz
y en tu rostro el arrebol,
de donde los toma el sol
del claro cielo andaluz;
toma negrura el capuz
de tu blonda cabellera;
de tu talle la palmera
toma su esbeltez airosa;
y su perfume la rosa
roba a tu boca hechicera.
En la epidemia al llegar;
en la tormenta que estalla;
en el campo de batalla
y en las borrascas del mar
no te deja de nombrar
el hijo que te venera;
y tú acudes lisonjera
calmando su desconsuelo,
y entre la tierra y el suelo
le sirves de mensajera.
Cuando al pie de tus altares
el pueblo afligido asiste
y por su semblante triste
lágrimas corren a mares;
cuando mira en sus hogares
la miseria aterradora,
tú lo socorres, Señora;
tú le alivias el quebranto
porque secas con tu manto
cada lágrima que llora.
Tu enseñas al lucentino
cómo se debe vivir;
tú le enseñas a seguir
la senda del buen camino;
tú le enseñas el destino
que el cristiano ha de tener;
tú le enseñas a saber
sufrir con resignación;
tú le enseñas la oración,
sentir, pensar y querer.
Hoy, Virgen santa, que es día
en que un pueblo te proclama,
y por doquiera derrama
a torrentes su alegría.
No olvides, no, madre mía,
que ese pueblo que te adora
es aquel que sufre y llora
si hay miseria en sus hogares
y va al pie de tus altares
a decírtelo, Señora.
No existe mayor ventura
que la que sienten tus hijos
cuando en ti sus ojos fijos
contemplan tanta hermosura;
ni existe mayor locura
de una zona a la otra zona,
que cuando tu pueblo entona
lleno de fe y amoroso
ese grito tan hermoso
de ¡viva nuestra Patrona!
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