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A María Santísima de Araceli en su Día.
 

Patrona idolatrada: ¿quién tuviera
voz arman toso, arpa peregrina,
y tu día celebrar grato pudiera
con regalada música divina?
¿Quién pudiera elevar hasta la esfera
que el brillo de tus ojos ilumina,
cantos y flores dignos de tu alteza,
de tu inmensa bondad y tu grandeza?

¿Cómo podré empezar? Llanto abundoso
por mis mejillas, de placer profundo,
yo siento resbalar, y en religioso
sentimiento de amor, mi pecho inundo.
Estrella delicada, astro hermoso,
que alumbras con tu luz mágica al mundo
¿qué te podré decir si en tu ambrosía
no bañas á mi ser en este día?

Los tibios rayos de la blanca aurora
apenas en Oriente se desprenden,
y tus hijos en masa bullidora
con himnos de entusiasmo el aire hienden.
Cándida el ave con su voz sonora
te saluda a la par, todos pretenden
tributarte su amor, y hasta las flores
las brinda mayo para darte olores.

Tu nombre santo en la región serena
se escucha resonar, y en el sombrío
inmenso bosque, y en la orilla amena
que fértil riega el cristalino río.
Viste de gala la gentil Lucena,
ecos sonoros hasta el mar bravío
llevan las auras, y del ancho suelo
bendiciones sin fin suben al cielo.

Los campos de verdor y de hermosura
todos se cubren, y tu puro aliento
benéfico, á las plantas da frescura,
y vierte por doquier dulce alimento.
Hoy de tus claros ojos la ventura
A torrentes derramas y el contento,
y tus amantes hijos a millares
sobre su corazón te alzan altares.

¡Oh cuán todos te aman! ¡y cuán bella
es tu dulce sonrisa! y cómo ufana
tu noble frente resplandor destella,
gloria del mundo, albor de la mañana!
Por doquiera que vas, tras de la huella
célica esencia deliciosa mana,
suenan las fuentes, lucen sus primores,
lindas las aves y las gayas flores.

Vívido el sol magnífico abrillanta
las gratas horas de tu hermoso día,
y en el sereno azul alegre canta,
místico coro, suave melodía.
La tierra, el mar, los astros, A tu planta
te brindan mil loores á porfía.
y al Universo tu belleza inflama
y Virgen pura, celestial, te aclama.

Araceli gentil: ¿quién no te adora
con toda su existencia, cuando eres
más hechicera que la blanca aurora,
y más santa que todas las mujeres?
¿Qué mísero mortal hoy no te implora
que Tú nos colmes luego de placeres?
¿Quién de entusiasmo y de fervor no siente
latir el pecho con afán ardiente?

Paloma del Edén, sol de las flores,
Tú que comprendes desde el alto cielo
los arranques del alma y los vítores
que a todos nos inspiras con anhelo;
Tú, purísimo amor de los amores,
de Lucena esperanza y el consuelo,
sé el faro siempre claro y luminoso
de un pueblo que tu amor hace dichoso.

Danos tu protección: y si violenta
luce la tempestad su faz airada,
á tu noble ciudad próvida alienta
y cólmala de dicha regalada;
y allí do la maldad negra se ostenta
haz que tu luz alumbre nacarada,
y vierte la belleza y la armonía,
la esperanza, la paz y la alegría

Inspíranos el bien, la virtud santa,
la caridad y la fé, que ella es la vida,
y, cariñosa a nuestra torpe planta,
muéstrale.la feliz senda florida,
y si la duda con soberbia planta
dentro del pecho busca su guarida,
destruye su ponzoña y su ignorancia,
rosa de Jericó, con tu fragancia.

¿Qué es el hombre sin ti? bajel perdido
¡es el revuelto mar de sus pasiones,
viajero errante, mísero, abatido
que vaga en pos de locas ilusiones,
pájaro incauto que perdió su nido,
máquina sin conciencia es: sus acciones,
luz que no brilla, flor en que no asoma
el encanto exquisito de su aroma.

¡Bendita seas mil veces! ¡Sí bendita
mil veces y otras mil! que soberana
tu gracia virginal la huella quita
de los pesares á la raza humana.
¡Bendita seas mil veces! que infinita,
eterna tu bondad, la herida
sana del corazón que lacerado
brota la hiel emponzoñada gota á gota.

¡Bendita seas mil veces! que aromando
la hediondez de los hombres, su destino
Tú se lo vuelves regalado y blando,
sembrándoles de flores el camino;
manantial que encuentra murmurando
el sediento cansado peregrino,
y que en su fresca linfa se embriaga,
y su ardorosa sed bebiendo apaga.

¡Madre del corazón! mira á Lucena
con ojos de piedad. desde la cumbre
de eterna luz á do se ostenta amena
tu grandeza sin par y mansedumbre;
protege nuestra vida, y que serena
primavera eternal sin pesadumbre
gocen tus hijos hoy entusiasmados,
y en éxtasis de amor arrebatados.

Vírgenes lucentinas, albo coro
de mística pureza, dad al viento
cántico angelical, claro y sonoro,
con peregrino delicado acento;
tejed coronas de laurel y oro,
y rosas y azucenas un portento,
cándidas, derramad, que seductora
cruza por la ciudad la gran Señora.

¡Vedla! risueña, dulce y vaporosa,
cubierta de riquísimos primores,
sobre la multitud que quiere ansiosa
beber de su mirada los fulgores.
¡Vedla! cual sueño de la mente hermosa,
de encantos rodeada embriagadores,
lirio del valle, que hace en este día
temblar los corazones de alegría.

¡Vedla! flotar entre el torrente inmenso
de innumerables seres cual la nube
blanca, ondulosa, de aromoso incienso,
que en graciosa espiral al éter sube:
ved, como en medio del delirio inmenso,
del empireo despréndese el querube,
mensajero de Dios que amor y gala
Emperatriz del cielo le regala.

Vaso de bendición, tierna azucena,
de perfecciones abundante río,
tu nombre que fascina y enajena
sella con su grandeza el labio mío;
mi fé remonta a la mansión serena
lánguido eco, desmayado y frío,
mas si mi voz carece de armonía
sabes cuánto de adoro, ¡madre mía!

 
P. Muñoz y Valle. Lucena, 5 de mayo de 1867.
Publicado en " El Lucentino" nº 141 de 7 de mayo de 1897