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Por fin luciendo está el amargo día
que al lucentino anegará de llanto!
En vano retardarse pretendía
todo un pueblo con afecto santo:
el tiempo vuela acaso con porfía
cuando viene a sembrar luto y quebranto
pues siendo a nuestro afán indiferente
inexorable sigue en su corriente.
Las naves que al nacer el aura pura
rinden cantando a Dios con alegría
mil alabanzas porque anoche oscura
destierra con su luz ameno día
hoy han trocado en ayes de amargura
sus trinos de celeste melodía!
atolondradas salen de sus nidos
dando a los aires lúgubres gemidos.
Cruzan por el espacio en raudo vuelo
como sin dirección, desatentados;
ya se elevan y suben hasta el cielo;
ya imprimen en la tierra sus pisadas,
consiguiendo por fin con tanto anhelo
mirarse reunidas en bandadas
sobre el ancho recinto de Lucena
tal vez para anunciarle alguna pena!
El sol doraba entonces la colina
y el santuario donde se venera
la milagrosa imagen, la divina
Señora de Araceli que en la esfera
tiene su regio asiento pues domina
el ancho mundo donde placentera
benéfica prodiga gracias, dones,
en cambio de sinceras oraciones!
Un cuadro prodigioso presentaban
aquellos sitios para el buen curioso:
multitud de personas coronaban
la sierra con aspecto religioso,
alguna cosa descubrir ansiaban
por el camino largo y escabroso
que a Lucena conduce, pero nada!
No viene, repetían, nuestra amada!
¿A quién esperarán con tanto anhelo?
¿Y quién será esta amada misteriosa
que les causa este afán y este desvelo?
Quién ha de ser! La madre cariñosa,
la poderosa emperatriz del cielo,
la estrella de más brillo, más preciosa!
La Virgen de Araceli adorada
que se vuelve a ocupar esta morada!
Pero silencio! Ya de las campanas
parece que el sonido lleva el viento!
Todas las esperanzas fueron vanas;
de llorar y gemir llegó el momento;
en vano, pueblo, en comprimir te afanas
dentro de tu recinto el sentimiento!
En breve sonará por la llanura
esa triste expresión de tu amargura!
Con efecto, ya dejan sus hogares
y vuelan a la iglesia presurosos
donde resuenan místicos cantares
unidos a los ecos armoniosos
del órgano que aviva los pesares
de aquellos corazones religiosos;
haciéndoles cruel, profunda herida
de tan triste, tan amarga despedida!
Ya sale de su templo! Qué angustiosa!
Lleva puesto su traje de camino;
miradla qué sentida, qué llorosa!
las lágrimas empañan su divino,
su angélico semblante que amorosa
mostró risueño siempre al Lucentino;
templad, tierna paloma, ese quebranto!
No somos dignos de tan dulce llanto!
Qué corazón no late con violencia
partido de dolor dentro del seno
al verse así alejar de la presencia
de lo más santo y puro, lo más bueno
que ha formado la sabia Providencia!
Vergel hermoso de delicias lleno,
escogida por Reina del Eterno
a cuyo nombre temblará el Infierno.
Es verdad que no hay uno que no sienta
separarse de objeto tan querido;
crecen los ayes, el dolor se aumenta;
aquí y allí resuena el estampido
de mil armas de fuego, que amedrenta
y hace ocultar al pájaro en su nido,
formándose de humo densa nube
que cual incienso hasta los cielos sube.
No os marchéis, madre tierna, Virgen pura;
quedad en la ciudad para ampararnos!
Será más filial nuestra ternura;
os preparamos todos separarnos
del vicio, del pecado... Qué amargura!
El camino seguís sin escucharnos?
Os hemos ofendido tantas veces
que atendéis con enojos nuestras preces.
Pero no, que ya vuelve compasiva;
se digna dirigirnos sus miradas;
la expresión de su rostro no es esquiva;
sus mejillas se han puesto sonrosadas;
el pueblo entusiasmado grita ¡Viva!
¡Viva! repite el eco en las llanadas,
y un adiós penetrante y dolorido
resuena por el llanto interrumpido.
Llora el anciano débil, la matrona,
cual si perdiesen a su hija amada;
gime el joven robusto y desentona
cual si a ausentarse fuera su adorada;
el párvulo desgarra su valona;
la doncella se muestra acongojada,
pero no es posible que a ninguno cuadre
la repentina ausencia de su madre.
Mil suspiros profundos se escucharon;
mil gritos de dolor llevóse el viento;
lágrimas abundantes derramaron
en la calle, la plaza y el convento;
mas doblóse el pesar cuando se hallaron
fuera de la ciudad, ¡Oh, qué tormento!
Ya sin poder hablar, con los pañuelos
saludan a la Reina de los cielos.
¡Qué cuadro tan patético y tan santo!
En el aire elevada la Señora
parecía extender su regio manto
para abrigar cual cándida pastora
a la ovejita que sufrió un quebranto,
extendiendo su mano protectora
a aquel rebaño que en su torno gira
y que sólo por ella, sí, suspira.
Callad, hijos del alma, no lloréis,
parecía decir con voz bendita,
que aquí a muy poco tiempo me veréis;
os permito me hagáis una visita;
en la ermita, en mi casa me hallaréis
dispuesta a consolar vuestra cuita.
Y trepando la sierra en un minuto
despareció dejándonos en luto.
Se fue por fin la madre de Lucena,
pero deja su gracia a sus devotos,
si de arrepentimiento el alma llena
hacen de contrición ardientes votos,
nada vale que el alma muestre pena,
si los lazos al crimen no son rotos,
y aunque lejos está ya de estos umbrales
penetra el corazón de los mortales.
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