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Versos de despedida a nuestra Señora
 

Llegó al fin el santo día
en que a la cumbre gloriosa
la voluntad poderosa
del Señor mis pasos guiía.
No por eso se desvía
el amparo que os concedo,
dejar de amaros no puedo
porque vuestra Madre soy,
y aunque a la Sierra me voy
entre vosotros me quedo.

No temáis, no suspiréis
que aunque en la eminente altura
para obviar la desventura
con vosotros me tenéis.
De mi favor no dudéis
si me buscáis compungidos,
protectora de afligidos
los sacros coros me aclaman
y me encuentran si me llaman
los pechos arrepentidos.

Testigos de mi favor
son las muchas ocasiones
en que oí las aflicciones
de vuestro inmenso dolor;
testigo el materno amor
en que en todo os consolé;
testigo que no os dejé
es también vuestra existencia
¿y con tan suma evidencia
pensáis que olvidar podré?

Mirad la bondad reciente
de mi amparo peregrino
a cuyo influjo divino
huyó el peligro eminente.
La guerra ansiosa y ferviente,
encarnizada os hería;
lágrimas casi no había
que tanta pena llorasen
ni congojas que bastasen
a tan acerba agonía.

Sobre tormento tan fiero
por la culpa reiterada,
la justa ira irritada
cargó el brazo justiciero;
creció el llanto lastimero
con lamento sin igual;
la peste adusta y fatal
ejerce su ansioso estrago;
precede el golpe al amago
y el suceso a la señal.

Llantos, suspiros, endechas,
pesares, muertes y horrores
cada día son mayores,
cada instante más estrechas;
en congojas tan deshechas,
en tan inmediato mal,
en castigo tan fatal
me llama vuestra esperanza
y nace la confianza
con mi amparo celestial.

Araceli el pueblo grita
en confusión fervorosa,
y como Madre piadosa
vuestro mal su amor incita;
no hay prez que dulce no admita
de la piedad obligada,
dejo mi santa morada
y acudo a vuestros clamores
conteniendo lo rigores
de la Justicia agraviada.

Crece el mal, crece la pena
y crecen los desconsuelos,
mas compasivos los cielos
indemnizan a Lucena.
Mi ruego el furor enfrena
de su contricción seguida,
la comarca es destruida
pero a mi pueblo dichoso
llega el contagio medroso
y la destrucción vencida.

En medio de tantos males
mi protección os mantuvo,
como la zarza que estuvo
ilesa en llamas fatales.
Los rigores celestiales
a vosotros no alcanzaron,
mis ruegos os preservaron
y vuestra fé os libertó,
y Araceli consoló
a los que el Ara buscaron.

La guerra impía y crüel
envainó su fiel cuchilla
y la paz con maravilla
brotó el marchito laurel.
Del hambre el anuncio infiel
también mi influjo calmó,
abundancia os dispensó
de Dios la suma bondad.
Se acabó la adversidad
y el tormento se acabó.

Y pues ya Lucena exenta
de los peligros advierto,
al portentoso desierto
mi simulacro se ausenta.
Pueblo feliz, incrementa
tu fé, tu esperanza y celo;
mi protección, mi consuelo
a tu amor no faltará
y Araceli logrará
para tí el favor del Cielo.

Siempre mi escudo divino
y mi brazo poderoso
defenderá cuidadoso
a mi pueblo lucentino.
Desde el monte peregrino
que alcázar me ofrece santo,
escucharé vuestro llanto
y el consuelo os prestaré
y vigilando estaré
para estorbar el quebranto.

Seré atalaya celosa
que puesta en el santo muro
esté mi pueblo seguro
de la ira ponzoñosa.
Seré muralla asombrosa
contra el mal que se aproxime
seré espada que le intime,
muerte al que angustia le dé;
mas esto todo seré
mientras que la fé lo anime.

Pueblo feliz, lucentinos,
tan de mi amor señalados
y al Cielo tan obligados
por favores tan divinos.
Seguros nuestros destinos
de Dios al mandato cedo;
subo al monte, cese el miedo
con la palabra que os doy,
pues aunque a la Sierra voy
entre vosotros me quedo.

 
Miguel Álvarez Abarca.