Volver

 
 

El número de hermandades
de la Parroquia salieron
y a estas se subsiguieron
todas las Comunidades,
a esta Madre de piedades
le asisten con grande esmero
y con corazón sincero
y obsequio muy reverente
en el lugar preeminente
salió el venerable clero.
Al notarse ya esta acción
de Procesión tan festiva
oí un viva, viva, viva
de la humana aclamación,
inflamado el corazón
de cada cual se advertía
y de repente se veía
salir del templo sagrado
aquel cielo inmaculado
que es de Araceli María.
Después el Ayuntamiento
el acto iba presidiendo,
alabanzas repitiendo
al milagroso portento
todos con gran rendimiento
muestran a su Madre amor,
y era tan grande el fervor,
que aun no siendo lucentino,
mostraba ser el más fino
el Señor Corregidor.
De sacerdotes María
en sus hombros, iba el Ara
tan refulgente y tan clara
que al sol mismo oscurecía,
era tanta la alegría
que esta Señora causaba
que de ella el pueblo lloraba,
y con la mayor ternura
hasta la menor criatura
su protección suplicaba.
Me introduje en el concurso
Tan lleno de admiración
Que ni a la menor acción
Ya no tenía recurso,
Empleaba mi discurso
en oír la aclamación
y al ver tanta Religión
en el lucentino pecho
el mío todo deshecho
estaba de devoción.
La estación daba la vuelta
y en el último Sagrario
este hermoso relicario
se presentaba en su puerta,
allí unas gentes alerta
advertí como en avance,
y dándoles yo el alcance,
vi el más fervoroso arrojo
pues aún el manco y el cojo
no perdieron este lance.
-¿Quién son estos que yo he visto?
a un Párroco pregunté,
y me respondió con fe:
-Los pobres de Jesucristo.
En esto cada cual listo
al Real Trono se arrojaron,
los sacerdotes dejaron
su lugar como debían
pues en ello recibían
lo que los otros lograron.
Yendo ya la Divina Ara
en los hombros de esta turba,
todo el pueblo se conturba
con aclamación más clara.
Concluyendo la estación,
en la Plaza Nueva fue
donde colmados de fe
se ardían de devoción,
de esta resultó aflicción
en el pecho lucentino,
sonaba un eco divino
de perlas regando el suelo
pues se ocultaba el consuelo
de este Cielo peregrino.
Me postré el más humillado
al despedirse María,
pues esta Aurora del día
dio vuelta a uno y otro lado,
todo el pueblo vi inclinado
adorando esta hermosura
y no quedó criatura
que no se le arrodillara
a aquesta Sagrada Ara
que es la Madre de Dulzura.
Aquí mi espíritu alzando
y con la mayor vehemencia
y continua reverencia
seguí a este Ara alabando.
Por la iglesia iba ya entrando
Este claro sol del día
Y a voces yo le decía
En esta oración siguiente:
"Óyeme, Madre Clemente,
De Araceli Virgen Pía".