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Glosa
 
Inmenso Dios, te ofendimos
con execrables errores,
tu paciencia y tus favores
ni escuchamos ni advertimos.
Ciegos pecando seguimos
cueste al alma lo que cueste,
mas ya tu rayo celeste
devora nuestra maldad
pues escuchamos que ya
en Sevilla está la peste.

Te ultrajamos con torpeza,
te ofendemos con usura,
y de Dios la criatura
despreció la fortaleza.
Cesó, Señor, tu terneza,
la ira se armó soberana,
la peste corre inhumana,
corre el hambre y mortandad,
pues está en Cádiz, y está
en Sevilla y en Triana.

Ya se acerca nuestro suelo...
Mas, ¿qué digo?, no temamos,
pues con nosotros miramos
a la Madre del Consuelo,
cual Ara Sacra del Cielo
defensa nuestra ser,
nuestro ruego escuchar,
la apiadar nuestro llanto,
y pena y tormento tanto
en Lucena no entrar.

Sacra Emperatriz del día,
Madre de Dios y del hombre
¿Qué pesar habrá que asombre
si en Ti la esperanza fía?

Renazca pues, la alegría
en aflicción tan tirana,
no ser Lucena, vana
tu confianza en el Cielo
pues miramos en tu suelo
que está la Hermosa Serrana.

En Ti Dulce Madre mía
fundamos la confianza,
y en tu escudo milagroso
tu Lucena se esperanza;
bajaste como del Cielo
de esa Sierra de las Aras,
bajaste para librarnos
como Madre Soberana.
Nos librase Madre Hermosa,
pues que nuestra fe declara:
En Cádiz está la peste,
en Sevilla y en Triana,
en Lucena no entrará
que está la Hermosa Serrana.
 
Miguel Álvarez de
Sotomayor y Abarca, 1801
 
(El contagio a que se refiere es
la epidemia de "fiebre amarilla")