|
A
Araceli, la Virgen
|
|
| Ya escucho
en la torre |
| lejanos
repiques que llaman a la procesión; |
| se llenan
las calles de gente que ríe y que corre |
| y el sol
de las horas de mayo retoza en los cielos y en el corazón. |
| Rubrican
los aéreos cohetes un cielo color de amatista; |
| siguiendo
a la Virgen se agolpa la gleba de la multitud. |
| Debajo
del palio de los quitasoles de seda y batista |
| sonríen
gentiles mujeres mostrando las rosas de su juventud. |
| Y van sacerdotes
cantando litúrgicos rezos, |
| y huelen
las calles a cera y a juncia y a rosas de té, |
| y fulgen
al sol las diademas y los aderezos |
| que puso
en la frente ideal de la Virgen la fe. |
| Señora
de todos los mundos y todas las cosas: |
| Mi vida
antaño un sendero por donde pasaba el dolor, |
| y Tú lo
sembraste de rosas, |
| y Tú lo
aromaste con una azucena de amor. |
| Yo, en
pago, Señora, te envío el saludo más franco |
| prendido
en las rosas de mayo galán |
| y un dulce
cordero muy blanco |
| gemelo
de aquel corderico del niño San Juan. |
| Un lirio
cogido en Tesalia, |
| y un rojo
jacinto cortado en Sión: |
| de mi macetal
tempranero una dalia, |
| de mi limonar
limonero, un limón. |
| ¡ Deja
corazón, tu desmayo, |
| mira el
terciopelo del cielo de añil |
| porque
ya se enflora la aurora de mayo, |
| porque
ya suspira la lira de Abril ! |
|
|
Miguel
de Castro, de la Real Academia de la Poesía.
|
|
El
eco de Lucena, mayo 1913.
|