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A María Santísima de Araceli en su Santuario de la Sierra de Aras
De la Sierra en la cumbre
cerca del Cielo
se levanta una ermita
que es nuestro anhelo.
Le dan azul las nubes,
y seculares
mantos de verde alfombra
los olivares.
Pintados pajarillos
sin sus cantores
y le prestan esencias
miles de flores.
El sol con sus potentes
rayos de fuego
baña de sus paredes
el blanco velo.
Y en la noche serena,
pálida luna
rodeada de estrellas
vela su cuna.
Le lleva el vago viento
dulces murmullos,
las brisas perfumadas
tiernos arrullos.
El agua de las fuentes
le da frescura
y consuela del triste
las amarguras.
El tañir quejumbroso
de una campana
advierte pasa breve
la vida humana.
En este lindo asilo
que me enajena
mora la Virgen Santa
de amores llena.
Allí, cerca del Cielo,
tiene su altar
la que trueca en venturas
nuestro pesar.
Los lucentinos suben
la agreste senda,
caminando a la cumbre
con sus ofrendas.
Subid los que en el mundo
sufrís pesares;
que la Madre bendiga
vuestros hogares.
Subid los poderosos,
los desgraciados,
los grandes, los pequeños,
los desdichados.
No parezca a ninguno
largo el camino
pues el que así lo crea
no es lucentino.
Subid para que a todos
os dé consuelo
la Estrella de los Mares,
Reina del Cielo.
Y hoy que todos celebran
tu fiesta amada
ruega a Dios por nosotros
Madre adorada.
Rafael G. Escandón.
(La Alianza, nº 45. Mayo, 1908.)