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Primera mitad del XIX. El largo proceso para la ratificación del patronato de María Santísima de Araceli sobre Lucena.
Al inicio del siglo XIX continuaron las gestiones prescritas por la jerarquía eclesiástica para la ratificación de patronato aracelitano sobre Lucena. El 19 de mayo de 1801 el obispo de Córdoba solicitó información relacionada con el proceso. No obstante, éste quedó detenido, hasta tal punto que el 28 de febrero de 1805 se volvió a solicitar al prelado, reiterándose, ante el silencio episcopal, con fecha 22 de junio del año siguiente, en que tramitase la obtención del patronato a lo que, en este caso "su Ilma. desde luego se prestó benigno a impetrar y aun a facilitar del mejor modo dicha aprobación de la Silla Apostólica." No obstante, según preceptuaba un decreto del Papa Urbano VIII, era preciso celebrar previamente un plebiscito popular en el que se aclamase y ratificase el referido patronato.
A tal efecto fue forzoso lograr la autorización regia para llevar a efecto dicho cabildo general, para lo cual se instanció al monarca Carlos IV, a través del Supremo Consejo de Castilla, el 4 de septiembre del mencionado año, en los siguientes términos: "Muy Poderoso Señor: La Ciudad de Lucena con el debido respeto expone a Vuestra Alteza que en el año mil quinientos sesenta y dos le vino de Roma una hermosa y devota imagen de Nuestra Señora la Virgen María con el título de Araceli, copia de la famosa que se venera en el Capitolio, desde cuya feliz época le erigió un Suntuoso Santuario en la cumbre de la Sierra de Aras y además la reconoció por su Universal Abogada. En la posición de serlo ha estado sin interrupción hasta el día siendo su consuelo, refugio y amparo en todas las aflicciones y calamidades públicas y particulares, habiendo sido muchos y muy patentes los beneficios que Lucena ha experimentado por la protección de esta Señora en tanto tiempo especialmente en los terremotos del año mil setecientos cincuenta y cinco, y en la epidemia de estos últimos años, de la que casi milagrosamente se ha preservado, estando rodeada de tan voraz incendio. Por cuya razón día a día ha crecido el amor y la devoción a su majestad y la confianza en su Patrocinio, y queriendo mostrársele agradecida, la ciudad dando un testimonio público y duradero de su reconocimiento desea con el mayor anhelo ver aprobado y confirmado este antiguo Patronato por la Santa Sede. Mas con motivo de no poderse por una parte verificarse esto sin la previa condición y requisito que exige la Constitución Apostólica del Señor Papa Urbano Octavo de haberse de ratificar la elección de Patrona por el voto común de todo el Pueblo y Clero en Junta General; y por otra parte no es posible celebrar dicha junta sin expresa licencia de Vuestra Alteza, con el mayor rendimiento le suplica la Ciudad sea servido concederle la gracia en los términos que la concedió para las elecciones de sus Patronos a la Ciudad de Almería y villa de Palma del Río, a cuyo favor le quedará eternamente agradecida."
En este sentido, el Supremo Consejo de Castilla solicitó informes al obispo de la diócesis para actuar en consecuencia. El 7 de enero, el obispo, Pedro Antonio de Trevilla, los remitió indicando lo siguiente: "no hallando inconveniente alguno en que se concediera a la Ciudad de Lucena licencia que pretendía para convocar Cabildo abierto o Junta General a fin de tratar en ella el punto del Patronato en favor de nuestra Señora bajo el título de Araceli" y el 20 de abril, se concedía "a la ciudad de Lucena el permiso que solicita para la celebración de una junta general de todo su vecindario en que se trate y explore la voluntad de todos acerca de elegir por patrona de aquel pueblo a Nuestra Señora de Araceli, dando cuenta de lo que resulte al Consejo, e informando al mismo tiempo si en aquella Ciudad hay o ha habido algún otro patronato de igual naturaleza."
Abrió el plebiscito el clero local, que emitió su voto entre los días 18 y 22 de junio. La parte secular lo hizo favorablemente, con 35 votos, mientras que de las seis comunidades religiosas radicadas en Lucena, que lo emitieron su dictamen de manera colegiada, cuatro de ellas se mostraron unánimes y conformes, mientras que las otras dos pusieron el reparo del detrimento del patronato de San Jorge.
Por su parte, los cabezas de familia, emitieron su voto entre los días 18 y 29 del citado mes, dedicándose dos días por cada uno de los seis cuarteles en que estaba dividida Lucena La mesa constituida para esta consulta popular estuvo presidida por el alférez mayor del Ayuntamiento don Alonso Curado y Baquedano. Previamente se había realizado la convocatoria por medio de "reiterados carteles fijados en las esquinas más públicas y por respectivos bandos a son de clarines y timbales". El resultado arrojó 1.489 votos afirmativos de "reelegir y aclamar a María Santísima de Araceli por Patrona, Tutelar y Abogada de Lucena (...) Hubieran crecido mucho más los votos populares a haberse celebrado la Junta en otra estación de tiempo, pero han faltado muchos por la precisión de tener que concurrir a las casas consistoriales en las críticas coyunturas de las tareas para la recolección de la cosecha que tanta gente ocupa, sin poder dejar las caserías y cortijos, y más de mil hombres que estaban a la sazón en la siega de las Campiñas de Andalucía la Baja como acostumbraban a hacer todos los años."
No obstante este abrumador resultado, a primeros de agosto, diez clérigos presentaron recurso por entender que se había perjudicado el patronato de San Jorge sobre la ciudad, solicitando al Real y Supremo Consejo de Castilla que, en caso de aclamarse por patrona de Nuestra Señora de Araceli, lo fuera sin perjuicio del patronato sanjorgiano, para el que solicitaban el reconocimiento como copatrono.
El 11 de agosto, el Ayuntamiento informaba extensamente al Supremo Consejo sobre el casi general voto favorable emitido por el pueblo de Lucena a favor del patronato aracelitano. El día 3 de marzo de 1808 firmaba el rey Carlos IV el título de ratificación como Patrona de Lucena de María Santísima de Araceli. En el documento, después de todas las consideraciones se declaraba: "Vista la solicitud de la Ciudad de Lucena sobre el reconocimiento del Patronato ancestral de María Santísima de Araceli sobre ella; llevado a cabo el plebiscito que exige la constitución apostólica del Papa Urbano VIII y desechados por infundados los recursos para considerar copatrono de la misma Ciudad a San Jorge, vengo, conocido el dictamen de los de nuestro Consejo de expedir esta nuestra Carta por la cual aprobamos la elección de única Patrona de la Ciudad de Lucena, hecha en Nuestra Señora con el Título de Araceli que así es nuestra voluntad." El 22 de marzo llegó a Lucena el decreto, que fue proclamado públicamente. Un cronista del momento refiere: "Se leyó un bando haciendo público el Decreto de Patronato en un acto solemne celebrado en la Plaza Nueva, presidido por los señores Don Enrique de Guzmán el Bueno, Alférez Mayor, y Don José Ruiz de Castroviejo, Alguacil Mayor, ambos regidores y Diputados del Ayuntamiento, acompañados por la Nobleza que había sido invitada. Hubo dos orquestas, repique general de campanas, fuegos artificiales y concurrencia de un inmenso gentío En la noche de este día, sin haber acordado nada el Ayuntamiento como era costumbre, fueron unos cuantos hombres pobres a la Sierra e instando mucho a los hermanos, se trajeron a María Santísima, entrando en la Parroquia a las diez de la noche."
El domingo siguiente, día 27, se celebró en la parroquia de San Mateo una solemnísima función religiosa de acción de gracias, en la que predicó don Fernando Ramírez de Luque, quien precisamente, pocos días antes había concluido un "Tratado de las excelencias del título y de las prerrogativas de la Imagen de María Santísima de Araceli, Patrona Única de la Ciudad de Lucena".
Las complicadas circunstancias generales y locales que produjo la invasión francesa y las consecuencias políticas que de ella se derivaron, parece hicieron olvidar un tanto la última y culminante fase de la gestión en la ratificación del patronato, la que correspondía al sumo pontífice. Así, hasta el 25 de abril de 1818 no se produjo un movimiento de recuperación del trámite del asunto, elevándose un escrito al obispo Trevilla, en el que se le reclamaba la gestión pertinente ante la Santa Sede.
El asunto dormiría hasta 1850 en que, esta vez por la acción del presbítero don Antonio Rafael Domínguez Valdecañas, sería finalmente culminado.