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Novenas y estampas
La difusión de la devoción a la Virgen traspasaba ya por esta época amplísimamente los límites del entonces reino de Córdoba. El fervoroso y general deseo de inscribirse como cofrades originó que, previa solicitud, el 12 de diciembre de 1773, don Juan de Castilla, capellán del Santuario, consiguiera del Ayuntamiento autorización para poder ampliar la pertenencia a la misma a todos cuantos devotos lo solicitasen, abandonándose por el momento la anómala situación en que la cofradía se hallaba desde el punto de vista canónico.
Proliferaban las impresiones de estampas, de diversos tamaños, sobre papel o tafetán, con la imagen de la Virgen. A la edición de 1750, se unió, al parecer otra, quizás más torpe, dentro de una orla de rocallas, elementos florales y angelitos, realizada en 1768. En 1775, el granadino Manuel Ribera abrió una lámina sobre plancha de cobre, que conoció numerosas reediciones, y que puede considerarse uno de los grabados más artísticos realizados a Nuestra Señora; muy parecido, pero sin la calidad del anterior, el también granadino Rebollo, esculpió otro en 1781. Años más tarde, en 1788 y merced a la influencia y bajo el patrocinio del duque de Medinaceli, el grabador Bernardo Albiztur, de la Real Escuela de Bellas Artes de Madrid, realizó al menos dos láminas sobre dibujos originales del pintor lucentino Jerónimo López. Finalmente ya en la década finisecular del XVIII, se difundieron otras estampas, seguidoras del modelo de Ribera, en la que se proclamaba a la Patrona de Lucena como "Única".