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1841: Traslado espontáneo de la imagen de Nuestra Señora de Araceli a Lucena el primer domingo de Mayo.
"En los últimos días del próximo mes de Abril y primeros de Mayo, se ha celebrado en esta Ciudad eminentemente religiosa, la Novena y festividad de su Patrona, la Virgen de Araceli, con tales circunstancias que merece tener lugar en un periódico de la índole del de Vds. y llegar a conocimiento de todos los verdaderos e ilustrados españoles. La solemnidad se ha celebrado en el Santuario mismo de la Señora, extramuros de la Ciudad, situado en una elevada eminencia que se llama la Sierra de Aras, como a media legua de distancia de la población a la parte Sudeste y sobre una gentil y espaciosa llanura que se denomina también Campo de Aras por las que tenían erigidas en él los romanos a sus falsas divinidades. La Naturaleza parece que concurrió a porfía con la Religión combinando sus escenas con las de ésta, para hacer la fiesta más suntuosa y admirable. Como la vega que besa las faldas de la Sierra es tan feraz y deliciosa, como la estación de la primavera es la época de las flores, del verdor y de la lozanía, como la vista se extiende desde allí a inmensos y variados horizontes "parecía que la tierra se sonreía de amor y de placer haciendo alarde de todas sus riquezas" como dice un antiguo viajero de la fiesta en Corinto y en huerto de Cesarea; pero sobre todo lo que encantaba y entusiasmaba a todos era la hermosura del respetable y prodigioso simulacro por cuyo medio la Madre de Dios derrama sus beneficios tan a manos llenas sobre los lucentinos. La suntuosidad del templo, adornado de ricas pinturas y exquisitos mármoles que produce la misma sierra y la decencia y aparato del culto que se tributó a la Virgen y al Señor por el espacio de los nueve días, eran tan de admirar como el inmenso concurso que se unía diariamente, haciendo esta piadosa romería familias enteras y no una sola vez, sino repetidas, sufriendo las incomodidades de un camino si no largo, a lo menos áspero y escabroso, muchos de ellos a pie, no pocos descalzos y algunos de rodillas desde las tres cruces que aún distan bastante del atrio del templo, para cumplir sus votos. En todo este concurso se contaban niños, ancianos y enfermos, que se afanaban en aquellas cuestas para trepar a lo alto de la montaña santa y venerar y adorar el imán de sus afectos, presentando un cuadro sumamente pintoresco, al ver a las familias que no tenían cabida en las muchas hospederías del Santuario, acampados en las laderas de la Sierra, improvisando grotescas tiendas de campaña de sus colchas y pañuelos; lo más raro de todo que en la inmensa reunión, particularmente la del Día de la Señora, primer domingo de Mayo y último de la Novena, que podría haber entre forasteros y patricios, sus seis o siete mil personas, no ocurrió disgusto ni desgracia alguna, ni advirtió una embriaguez ni otro escándalo de cualquier especie, reinando en todos una santa alegría, un gozo espiritual y una fraternidad tan íntima que era lo más hermoso de la fiesta.
Hasta el orador de la Novena hizo análoga su predicación al lugar y las circunstancias, pues que tomando por fundamento las bellas imágenes campestres con que el Espíritu Santo representa a la Santísima Virgen en las Sagradas Letras, como el Cedro del Líbano, el Ciprés de Sión, la palmera de Cades, etc. y aplicándolo oportunamente y con naturalidad a las virtudes de la Señora, que iba indicando la Novena hizo sus pláticas al propio tiempo que útiles para la instrucción del pueblo, pintorescas, sin afectación y en extremo deleitosas y agradables (...) Sería necesario un número entero del periódico para expresar todas las particularidades de esta rara función, pero no puede omitirse la conclusión de ella. En efecto: formada la procesión aquella tarde con el peregrino simulacro, aclamado y vitoreado de todos con las voces y salvas que se acostumbran y que si bien parecen mal a los forasteros, ellas son la efusión más o menos análoga del fervor de los lucentinos desde tiempos antiguos. Al llegar al sitio donde parte el camino para la Ciudad, por uno de aquellos arrebatos que en necesidades como la que aquejaba entonces de la falta de lluvias, se han visto muchas veces, marcharon la Imagen hacia el pueblo, la cual, volando sobre los hombros de millares, parecía por aquellos riscos y descolgaderos de la Sierra una Blanca Paloma que atravesaba un momento las inmensidades del espacio para llevar el consuelo a sus afligidos hijuelos. La multitud de gentes que coronaban la montaña, al ver desaparecer la Señora, sin reparar en precipicios ni en peligros, se arrojaban por todas partes para seguir sus vestigios, despejando instantáneamente la cúspide de la Sierra.
Los que habían quedado en el pueblo y que se lamentaban de no haber podido ir también a visitar a la Señora, avisados por el festivo clamor de las campanas de que su Madre inesperadamente se acercaba, salieron presurosos a recibirla de modo que en aquellos momentos entre los que venían y los que fueron a encontrarla, se vió acampado un pueblo entero, y la Peregrina hermosa en medio de las turbas que le seguían y las que iban delante, como el Redentor entre los que salían de Betania y los que salieron de Jerusalén, aclamada y vitoreada de todos, ofreció espectáculo como el del triunfo de su Hijo en su entrada en la ciudad Santa..."
Publicado en la prensa nacional española sobre el relato de Francisco Antonio Tenllado Mangas.
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