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La devoción a María en la imagen y bajo la advocación de Araceli ha constituido en Lucena, a lo largo de más de cuatro siglos de existencia, un fenómeno de importancia capital para la formación del ser propio, la personalidad y la esencia de lo lucentino.
Reclamada innumerables veces por el pueblo
creyente como socorro providencial e infalible en las necesidades y aflicciones;
recordada también y siempre aclamada en todos los momentos cruciales,
no necesariamente de carácter religioso, de la historia de Lucena; generadora
de anchos y hondos sentimientos populares; acaso también protagonista
de muchas otras menudas "historias" personales, ancladas en las más
hondas intimidades y que sólo es posible percibir profundizando en el
sentir del pueblo; fuente de inspiración directa o indirecta del Arte
y de todas las artes; símbolo, en fin, aceptado y reconocido como auténtico
y diferenciador de Lucena, Nuestra Señora de Araceli forma parte inseparable
de lo lucentino, no con una presencia inmóvil y ajena a las mujeres y
hombres que han construido y habitado este pueblo, sino formando parte palpitante
de sus vidas.
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